Soy una gota de agua. Una solitaria gota de agua, una simple gotita entre los millones que golpean la realidad a diario, como si de un diluvio se tratara.

No soy más que una gota de agua. Algunas veces más pequeña, otras más grande, pero siempre una gota de agua.

Y como toda gota de agua, cuando toco el inmenso lago de la realidad causo ondas. Ondas que se esparcen por la aparentemente calma superficie de nuestro mundo, moviendo y removiendo a otras gotas como yo.

Piensa bien en esto. Recapacita. Medita sobre lo que te digo, hazlo tuyo y aprópiatelo.

Unas ondas interminables

Como ya sabrás si me has leído con anterioridad, mi homofobia brilla por su ausencia. Estoy fuera del armario, soy gay y lo digo con orgullo.

Para algunos, eso significa que tengo licencia para utilizar maricón, ya sea en plan chiste o no. Sin embargo, no puedo estar de acuerdo.

Imagina que voy por la calle y un amigo me gasta una broma de dudoso gusto. Y digo, en voz alta e inteligible: “¿serás maricón?”. Hasta ahí todo bien, ¿verdad?

Ahora imagina que no es en una calle solitaria. Es en plena Alameda de Hércules. En la terraza del Bar Los Leones. Y un crío de los que juguetean en el parque colindante te escucha, y asocia la palabra maricón con un insulto. Y que ese crío comparte su recién adquirido conocimiento con todos sus compañeros de clase.

La responsabilidad de poder hablar

¿Recuerdas la regla de los seis grados de separación? Gracias a esta conocida regla, una idea negativa que hayamos dejado escapar en un momento de debilidad pronto hará raíz en decenas, cientos de mentes ajenas.

Es por esta razón por la que tenemos que tener un infinito cuidado con nuestras palabras, nuestras frases y nuestras ideas. Porque una vez que las soltamos dejan de ser nuestras.

Gotita, gota y goterón

En otras circunstancias, es posible que alguien dijera ‘¡Sólo son libros! ¡Los libros no son peligrosos! Pero incluso los libros normales son peligrosos, y no sólo aquellos como Fabricando gelignita de manera profesional. Alguien se sienta en un museo y escribe un libro sobre economía política, y de repente mueren miles de personas que ni siquiera lo han leído, sólo por que los que sí lo han hecho no han pillado el chiste.

Un chico cuyo círculo social se reduce a los dos o tres amigos de su barrio es una gotita minúscula. Yo, con mi insufrible costumbre de hablar con todo el mundo, soy una gota más bien grandecita.

¿Te podrías imaginar el tamaño de la gota de un párroco al que escuchan cientos de personas por misa? ¿El tamaño del goterón de un político como Donald Trump, Mariano Rajoy o Pablo Iglesias? ¿La cantidad de gente a la que toca con sus palabras ese machista incorregible conocido como Dalas?

Una sola palabra de esas personas puede afectar la vida de miles de personas de forma directa. Indirectamente, a millones de seres vivos. Y aunque sólo consigan convencer al diez por ciento de su audiencia con sus palabras, ese diez por ciento ya es una cifra considerable. Y todos los individuos dentro de ese minúsculo porcentaje harán todo lo posible por extender más y más las ideas que tanto les han cautivado.

Dicen que el virus Ébola es contagioso. Sin embargo, al lado de la capacidad de reproducción y contagio de una sola idea, se queda a la altura del resfriado común.

A partir de ahora, piensa bien lo que vas a decir. Tus palabras pueden cambiar el mundo.

Dedicado a Alfredo, la persona de la que tuve el honor de aprender esta forma de ver la vida. Fotografía de Mbrk A. Madhi

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