Venezuela duele, y mucho

Durante los últimos años, ser venezolano es una angustia permanente. No importa de qué lado estés de la frontera (diría mi amigo y periodista Luis Carlos Díaz: la patria está donde estén nuestros amigos), digan lo que digan en relación a la decisión de salir del país y el derecho a criticar cuando te vas, lo cierto es que cada noticia, cada conversación, cada recuerdo, es un detonante de sentimientos de angustia, frustración, rabia y miedo que terminan desembocando en una profunda tristeza.

No es raro que una conversación con los amigos derive en preguntas acerca de la situación venezolana y su posible conexión o paralelismo con la política española. He decidido contestar brevemente (en lo posible) a las preguntas y comentarios que suelen surgir durante estas conversaciones.

¿Cómo están las cosas por Venezuela?

Mal, y vamos a peor. La crisis es estructural, lleva décadas desarrollándose y todavía no se toma una sola medida que permita siquiera pensar que queremos encaminarnos a algo mejor. Algunos datos:

  1. En lo político: no existe independencia de poderes. Es más: lo que hay es sabotaje y desconocimiento de la soberanía popular. El gobierno utiliza al Tribunal Supremo de Justicia para “ilegalizar” cualquier medida que se tome desde la Asamblea Nacional (ganada por mayoría abrumadora por la oposición). El Consejo Nacional Electoral, ente rector de los procesos de elecciones, pone todas las trabas posibles para llevar adelante el Referendo Revocatorio previsto en la Constitución, que permitiría terminar con el gobierno de Nicolás Maduro. Y por su parte, el Poder Ejecutivo amenaza a la oposición mientras intenta comprar conciencias con bolsas de comida (o armas de guerra, para los más fanáticos).
  2. En lo económico: el país está en quiebra. Nadie duda del default económico. Los economistas serios apuestan por un financiamiento externo urgente porque nos comimos todo lo que teníamos y más. Las reservas internacionales se escapan como el agua entre las manos. Destruimos el aparato productivo nacionalizando “sectores estratégicos”, entregando fábricas a los trabajadores para que las quebraran. Somos más dependientes que nunca del petróleo, que está a la baja, obligando a recibir más bolívares por dólar para pagar deudas internas, es decir, devaluamos la moneda. Importamos todo lo que consumimos, sin dinero para pagarlo, aumentando nuestra deuda. Le debemos miles de millones de dólares a la industria farmacéutica, alimenticia o a las líneas aéreas, solo por poner algunos ejemplos. Acabamos con nuestra capacidad para generar energía eléctrica y dependemos del clima (y de Dios) para que se llenen las represas. La falta de producción disparó la inflación (se calcula más de 700% de inflación este año y entre 1800 y 2200% para el 2017). ¡No tengo idea de lo que puede significar vivir en un país con ese nivel de inflación! No se consiguen alimentos básicos ni enseres de cuidado personal o del hogar, y lo que se consigue es en el mercado negro y a precios insólitos. Nadie puede ganar, ni de cerca, lo que puede necesitar para vivir dignamente, ni para comprar la cesta básica de alimentos: no se piense ni siquiera en la posibilidad de comprar coches o viviendas. Se calcula que cerca del 75% de la población es pobre o muy pobre.
  3. En lo social: la gente vive con miedo, o mejor dicho, pánico. Tener el país con la tasa de homicidios más alta del mundo (más de 25 mil homicidios en un año) pasa factura. Los robos y asaltos están a la orden del día, y ante la ineficiencia del sistema judicial (o la vista gorda, piense usted lo que quiera), ahora las turbas de ciudadanos hastiados linchan a los ladrones quemándolos vivos en la calle. Los saqueos a supermercados son cada vez más frecuentes, dada la desesperación de la gente por conseguir harina, leche o papel higiénico. El gobierno nos quería preocupados por subsistir, sin energías y con miedo para protestar por la altísima represión gubernamental, que ya cuenta con decenas de presos políticos. Y lo logró. Si a eso le agregamos que se trata de un régimen dispuesto a violar los derechos fundamentales, no queda otra que hablar de un Estado fallido, en el que solo sobrevive el más fuerte. Solo un caso: frente a la escasez de medicamentos, un tribunal negó una solicitud de amparo realizada por una ONG que defiende los derechos de niños y adolescentes, solo porque aceptarla implicaría reconocer que Venezuela vive una profunda crisis sanitaria y humanitaria. La gente está muriendo por falta de medicinas, pero el gobierno prefiere continuar matando ciudadanos antes de reconocer que necesitamos ayuda humanitaria urgentemente.

¿Y la oposición no ganó las elecciones?

La oposición, agrupada en la llamada Mesa de la Unidad Democrática, se impuso ampliamente en las elecciones para escoger diputados a la Asamblea Nacional. Pero en Venezuela hay un sistema presidencialista, no parlamentarista como en España. Los diputados no escogen al presidente: lo escoge a través de voto directo la ciudadanía en otro proceso de elecciones.

Lamentablemente, además, la estrategia del gobierno ha sido anular la acción de la Asamblea, amenazando incluso con promover una enmienda constitucional para acortar el período de los parlamentarios y sacarlos de sus cargos. Están dispuestos a hacer lo que sea y darán todos los rodeos “legales” que deban para lograrlo.

El Partido Socialista Unido de Venezuela insiste en ser “la voz del pueblo”, cuando en las últimas elecciones el “pueblo” no los ha votado. Nicolás Maduro solo está buscando mantenerse en el poder para salvar a la Revolución del Comandante Chávez y, sobre todo, para seguir llenando sus bolsillos y los de su mafia con todo el dinero que puedan coger. Y lo que es peor: continuar como la marioneta de un gobierno militar, ya que la Fuerza Armada Nacional ha copado todos los espacios de poder político y económico.

¡Con un país tan rico como Venezuela!

Eso es un mito de magnitudes colosales. Tenemos la suerte de ser un país con muchos recursos naturales, incluyendo enormes reservas de petróleo. Pero aprendimos que mientras “papá gobierno” administrase convenientemente toda esa riqueza, no haría falta trabajar. El trabajo del gobierno es mantenernos cómodos y felices mientras la riqueza cae del cielo (o sale del subsuelo sin esfuerzo alguno). Por lo tanto, cualquier cosa que falle también es culpa del gobierno. Y si no vivo bien, la razón es porque alguien del gobierno se ha robado mi parte… y la respuesta a ello es intentar ubicarme lo más cerca del poder posible para ¡yo robar también mi parte!

¿Qué sería lo ideal? Que toda esa riqueza fuese distribuida de forma justa a toda la población. Todos seríamos ricos y felices… La verdad es que lo que producimos alcanzaría para muy poco.

Es la cultura de la corrupción, completamente incrustada en el cerebro y en el ADN de todo un país. En Venezuela impera la ley del “vivo”, es decir, del que cree ser más inteligente que los demás cuando trata de aprovecharse de cualquier oportunidad que le dé el sistema para su propio beneficio, aunque eso implique saltarse cualquier ley (entre otras razones porque la impunidad está a la orden del día).

¿Por qué insisten en relacionar a Venezuela con Podemos?

A esta pregunta yo normalmente contesto lo siguiente: más allá de aquello que es público y notorio, es decir, el apoyo que los principales dirigente de Podemos han dado a la Revolución Bolivariana (y solo hay que darse un paseíto por youtube para verlo), mi preocupación surge cuando puedo constatar las similitudes que, tanto en el discurso como en la praxis, presentan el gobierno venezolano y la agrupación liderada por Pablo Iglesias.

Soy periodista. Me gradué justo el año en el que Hugo Chávez ganó las elecciones. Lo conocí cuando era candidato a la presidencia y tuve la oportunidad de entrevistarlo varias veces. Escuché en repetidas ocasiones sus largos discursos para luego reseñarlos en medios de comunicación. Entrevisté a ministros, diputados, militares…

Creo que eso, como a muchos venezolanos, nos da cierta legitimidad para comparar. Y puedo decirles, sin temor a equivocarme, que el contenido del discurso, sus formas, sus símbolos, sus ideas… Todo se parece tanto, que sería muy difícil dejar de notarlo. Es evidente que tienen raíces comunes, formas de pensar similares, paradigmas que les llevan a interpretar el mundo con la misma óptica. Dan respuesta a los problemas de la misma manera… ¡Que son lo mismo, vamos!

¡Pero si Venezuela no es España!

No, no lo es. Tienen historias distintas y contextos diferentes. Aquí insisten en decirme que Europa lo tiene todo bajo control, que sería imposible para Podemos hacer cambios tan profundos… En realidad, no hace falta tanto para cambiar a un país. Si la gente se lo propone, lo cambia. Para bien o para mal…

Hace casi 20 años, cuando Chávez surgió en la arena política, hubo quien alertó acerca de lo que se avecinaba: Que Hugo era comunista, que admiraba a Cuba y a Fidel, que nos convertiría al modelo de la isla. Y quienes escuchábamos estas voces, respondíamos: ¡Imposible! Venezuela no es Cuba. Venezuela tiene petróleo, es clave en la geopolítica. Además, EEUU no permitiría jamás que un aliado tan importante cayese en manos comunistas. La democracia venezolana es fuerte, sólida. Los venezolanos tienen una cultura política importante, vivieron una dictadura que les hizo valorar lo que significa la libertad y los derechos humanos… ¡Y nos equivocamos de cabo a rabo!

Hugo Chávez llegó proponiendo cambiarlo todo, desde la Constitución. Se basó en el hecho de que la democracia venezolana pasaba por un mal momento, debido a gestiones poco efectivas que degeneraron en una profunda crisis económica. Pero, sobre todo, habló de la sombra de la corrupción. El poder mal manejado opacó los logros obtenidos durante la era democrática e hizo pensar que era necesario -indispensable, inapelable- un cambio de rumbo. Acabar con la vieja política, con el bipartidismo, con los políticos corruptos, y que llegara un nuevo liderazgo impoluto y honesto, dispuesto a renovarlo todo. ¿A ustedes, en España, esto les suena de algo? ¿No les parece sospechosamente similar?

Votamos por Hugo Chávez y le cambió hasta el nombre al país…

Lamentablemente, el tiempo demostró que solo eran cambios de nombre. Fue solo una fachada que le permitió tomar por asalto el poder para enriquecerse de forma aún más descarada. La corrupción llegó a límites insospechados y el erario público fue desfalcado. Mencione uno cualquiera de los paraísos fiscales: allí encontrará dinero venezolano, protegido por todas las instituciones gubernamentales.

Hoy en día, la situación que ilustré al inicio de este artículo es lo más cercano a la Cuba comunista que usted pueda imaginar. Es el Comunismo del Siglo XXI. Comunismo con internet (el más lento de Latinoamérica, por cierto).

La razón por la que el discurso populista funciona en cualquier lugar del mundo no tiene que ver con la cultura política, ni con los años de democracia que tenga un país. Cuando una sociedad tiene resentimientos sociales profundos, cuando se sienten defraudados, desfalcados, la promesa de cambio consigue un caldo de cultivo perfecto para incubarse. Donde el poder se corrompe, las revoluciones se alimentan vorazmente, ofreciendo utopías de hombres nuevos, de políticos honestos, de vidas dignas. Saben perfectamente lo que quieres escuchar, te endulzan el discurso, lo vuelven potable. Hablan como el hombre de la calle, retan al “enemigo de la patria” (EEUU o la Merkel, da igual), para que el mundo aplauda su valentía y muchos digan: ¡Eso es lo que hace falta en este país! ¡Cambiarlo todo! ¡Sacar a toda esa porquería que tenemos en el poder para que mi nuevo líder nos guíe en la senda del progreso! Así funciona el populismo. Es psicología social, así somos los seres humanos cuando vivimos una crisis sobre la que creemos no tener responsabilidad alguna. La tenemos, vaya que si la tenemos…

La tenemos porque hace rato dejamos de ser ciudadanos. Porque criticamos la corrupción, pero no queremos pagar impuestos (todos, los que tienen dinero y evaden sumas millonarias, como quienes cobran en negro). Porque elegimos a los políticos y no vigilamos su gestión… Porque tenemos derechos, pero también deberes y muchas veces los olvidamos.

Hace poco leía la definición de kakistocracia: el gobierno de los peores. Escogimos, literalmente, a los peores para gobernar. Es lo peor que nos podía pasar.

Y aún no parece terminar.

¿Quieres leer más sobre lo que ocurre en Venezuela? Te recomiendo El Efecto Cocuyo, El Estímulo, Armando.info, Prodavinci… plataformas periodísticas independientes que están haciendo su mejor esfuerzo por superar la censura gubernamental…

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