Recuerdo, con una lágrima cayendo por la mejilla, el día 2 de febrero de 2015.

Ese día había salido del trabajo un par de horas antes, por cansancio acumulado. Eran las siete de la tarde, y después de dos días de guardia sin dormir al lado de la cama de mi madre, no tenía ni siquiera fuerzas para concentrarme.

Era lunes. Un lunes lluvioso, frío, un lunes invernal. Pese al cansancio que invadía cada fibra de mi cuerpo, estaba en un momento extrañamente feliz. Era ese tipo de felicidad penetrante que te inunda cuando te sientes en paz contigo mismo, por una tarea bien hecha, por una nueva canción en tu oído, por una obligación cumplida, por la promesa de una cama cómoda y calentita donde acurrucarte hasta que el cansancio desaparezca.

Como si fuera hoy, recuerdo la canción que estaba sonando en ese momento. Prophecies, de Blind Guardian. El disco acababa de salir, y lo estaba disfrutando casi en sueños, con una sonrisa de oreja a oreja.

De repente, la canción se corta. Suena el teléfono. Es mi hermano. Nervios. Miedo. Descuelgo, y mi hermano me dice, con la voz entrecortada, entre lágrimas… “Ven al hospital. Mamá ha muerto.”

Sentí como si me saliera el corazón por la garganta. Fue como un puñetazo en la boca del estómago. No me lo podía creer. Me lo esperaba, pero aún así era algo increíble, algo que se escapaba a mi capacidad de raciocinio.

Mi madre. Mi madre, la figura omnipresente. Mi madre, la persona que me llamaba por teléfono dos y tres veces al día cada vez que salía de viaje. Mi madre, la que me decía que nunca valdría para vivir solo. Mi madre, la que llamaba “amigo” a cualquier chico al que traía a casa, aun sabiendo a qué guarradas nos dedicábamos en la soledad de mi habitación. Mi madre ya no estaba con nosotros.

No todo fue malo, aquella noche del dos de febrero. Me sentí arropado por extraños en el mismo autobús. Extraños que incluso se ofrecieron a pagarme un taxi al hospital, para que llegara lo antes posible. Me negué a aceptarlo. Necesitaba andar un rato, poner mis pensamientos en orden, aunque fuera bajo la lluvia, en ese frío mes de febrero.

Cuando llegué a la habitación, allí estaba. Lo que en momentos más vitales, más vivos, era mi madre. Juraría que vi su cuerpo moverse, pero no me atreví a tocarla. Lo único que hice, en ese momento, fue abrazar a mi hermano. Fuerte. Sin llorar. Manteniéndome fuerte por él, para que él pudiera descargar su rabia, su impotencia y su dolor.

Sin llorar, porque en aquel momento de dolor y tristeza desgarradores, sentí paz. Una paz profunda, luminosa. La paz que te da saber que hiciste todo lo posible por estar a su lado en sus momentos más duros. La paz que te da saber que su vida fue una vida plena. La paz que te da el sentir alivio por el descanso final de un ser querido.

Y sí, digo descanso y no muerte. Digo alivio y no pena. He escuchado a muchos imbéciles que abogan por la vida hasta las últimas consecuencias, que prefieren mantener a una persona viva en sufrimiento a dejarla morir en paz. Que prefieren que la vida diaria de una persona sea un infierno en vida a dejar que su llama se apague, dejando sólo los recuerdos que consiguen que las noches no sean tan frías.

A esos individuos, a esos defensores de la vida ante todas las cosas —como si la vida fuera algo sagrado que proteger en todas circunstancias— les digo… ¿habéis estado incapacitados alguna vez en vuestra vida? ¿Sois conscientes del dolor psíquico, físico y psicológico de algunas enfermedades?

Hoy, por quinta vez en mi vida, he tenido un accidente ambulatorio. Hoy, por quinta vez en mi vida me he vuelto a ver impedido, y de nuevo me siento absolutamente inútil. Yo, que estoy acostumbrado a caminar veinte y treinta kilómetros al día, en estos momentos ¡necesito ayuda hasta para levantarme del maldito sofá! No puedo evitar acordarme de todos los días que me he visto en cama, obligado a suplicar ayuda hasta para las tareas más básicas e imprescindibles.

Y no he podido evitar acordarme de nuevo de mi madre. Tan vital, ella. Tan energética, aguantando sus achaques y dolores hasta que no pudo más. Cocinando no sólo para nosotros dos, sino para todo el barrio. Haciendo la compra, limpiando la casa, moviéndose de norte a sur y este a oeste. Hablando con vecinas, amigas y conocidas a cada paso. Y de repente, de un día para otro, la vi postrada en una cama. Necesitando ayuda para incorporarse, para bañarse, para ir al baño o hasta para comer. La veía llorar de soledad, echando de menos a su marido, mi padre. La veía sentirse una carga para nuestra prima, para mi hermano, para mí y para todos los que la rodeábamos. Y sí, claro que me ‘incordiaba’ dejar de lado mi vida social por ella. Soy humano, y joven. Pero ese incordio no tenía ni punto de comparación con lo que me desgarraba por dentro cada vez que la veía llorar de impotencia.

A todos esos pro-vida, que opinan que la eutanasia es algo tan, tan malévolo y tan maldito… ¿cómo se puede ser tan terriblemente cabrón como para desearle eso a un congénere? ¿A un ser humano? ¿Qué hace falta para que abandonéis vuestra imbecilidad moral?

Esta fotografía tiene más de quince años, seguro. Nadie recuerda el nombre del fotógrafo, está sacada del archivo familiar, y muestra a mi padre y a mi madre en una boda o algo por el estilo. Quién sabe.

Mamá, sé que odiabas mi música. Pero como sólo escuchabas Operación Triunfo, espero que no te moleste que haya asociado esta canción a tu memoria. Te echamos de menos.

2 Comentarios

  1. No he podido evitar que se me salga alguna lágrima leyendo el artículo porque recuerdo como era tu madre, como nos subía las tortillas tan buenas que hacía y lo buena que era.

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