Días atrás me ocurrió algo digno de mención, y que me gustaría compartir contigo. Algo que considero una lección vital. Comenzaremos con un flashback para que veas el porqué de todo.

Hace algunos años estaba estudiando en la Facultad de Comunicación. Quizás sea porque los estudiantes de cada carrera tienen algunos rasgos comunes de personalidad, quizás porque la mayoría veníamos de otras provincias pero nos hicimos una piña en muy poco tiempo. Nos hacíamos llamar la Secta Comunicadora, y como parte de esta “Secta”, viví experiencias que jamás olvidaré.

En ese momento yo tenía una relación con una chica. Estábamos en una fase bastante dura, teníamos peleas constantemente; aún sigo pensando que ya entonces debería haberme dado cuenta de que esa relación no llevaba a ninguna parte. Debido a todos estos problemas dejé de lado los estudios. Ella se quejaba que nunca estaba a su lado cuando lo necesitaba, y dejé de asistir a clase para estar con ella en todo momento. Aquí debo dejar muy claro que nadie me obligó a dejar de ir a clase, sino que fue una decisión mía el querer luchar por ella. Esto es, seguramente, lo más doloroso para mí. El hecho de querer luchar por una relación que ya estaba acabada y que no merecía la pena, simplemente porque ambas nos estábamos haciendo daño constantemente.

Así, me alejé de la facultad, de mis estudios, pero sobretodo de estos amigos de los que muchísimas veces me acuerdo. Hace ya ocho meses que mi ex me dejó y no pude matricularme este año en la carrera, no tenía suficiente dinero para ello. Además tuve que buscarme un piso de alquiler y buscar trabajo como una condenada.

Y si le doy este recorrido a un pasado no tan reciente, es porque de casualidad me encontré con dos amigas que hacía años que no veía. Dos compañeras de la secta. Iba, cómo no, con Rau, y cuando pasé al lado de la mesa en la que estaban sentadas algo dentro de mí se encendió. Sentí como si ese aire de momentos pasados volviese y un batiburrillo de recuerdos con todos mis amigos de la facultad se amontonaron en mi mente.
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Las saludé y nos sentamos con ellas. Les pregunté sobre la clase, sobre cómo estaban las cosas, cómo estaban. Y escuchaba atentamente sus historias, reía con sus chistes y sus bromas, mientras la cerveza fría recorría mi garganta.

Exactamente igual que hace casi dos años. Igual, pero diferente, ya que me he perdido tantas y tantas cosas. Me he perdido dos años de risas, dos años de rodajes y estudios en la biblioteca, dos años de cervezas en una terraza. Dos años de mis amigos y compañeros, y todo por mi cabezonería. Por querer centrarme en una pareja olvidando la amistad. Nunca hagas eso, porque nada es para siempre. Y ahora te digo, vive el día a día y no dejes escapar a las personas que realmente valen la pena, porque nunca se sabe qué nos deparará el día de mañana.

Fotografía: Fountain of Youth de Rau Santaella

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