Hay que tomárselo con calma.

Parece una serpiente de metal, muy húmeda y fría. Dorada. Es como una cobra hasta que llegas a la parte de arriba; entonces parece más un insecto gigante de trompa larga, con la cabeza coronada por un ridículo gorro papal.

En realidad es un dispensador de cerveza, pero cuando miras algo mucho rato pasan estas cosas. Al menos a mí.

Siempre he pensado en las estaciones de tren como puntos de paso, un sitio entre sitios. Me pasa también en el metro, en los aeropuertos y en los aviones. En barco, no sé por qué, no. En autobús tampoco.

El caso es que una cafetería en una estación es como un punto de paso dentro de un punto de paso.

Lo cual no deja de tener su gracia, si sabes pillarla.

Las estaciones son como un microcosmos. Toda esa gente yendo y 
viniendo, las esperas, las caras cansadas y todo eso. Aunque las caras que más me llaman la atención no son las de cansancio, sino las de pausa; algunas personas aprovechan para ser otra cosa mientras van de un sitio a otro. O, más que ser otra cosa, dejar de ser ellos un rato.

No sé si lo hacen de forma consciente, pero me gusta mirarles. Es como si la vida se hubiese parado, clic, y fuese a continuar cuando bajen de su tren, en cualquier otra parte, donde les espera un negocio, o su casa, o un amante. Cualquier cosa que les haga poner otra vez el Play.

Pienso en todas esas cosas mientras me tomo un café, que por cierto, está muy bueno. Demasiado, incluso. Es raro encontrar un café tan bueno. No me lo esperaba, la verdad, pero tampoco voy a quejarme.

Además, si mis sospechas son ciertas, voy a pasar aquí mucho tiempo. De hecho creo que siempre he estado aquí.

Verás, llevo un rato observándolo todo. Ahí fuera hay unas personas que, más que personas, parecen pequeñas cabezas en ventanillas, dándote el billete y todo eso, ya sabes. Tendrán sus propios problemas y sus propias historias, claro, pero parecen sólo eso; cabezas y manos en ventanillas expendedoras. Extras en una película, sin papel ni trasfondo ni nada de nada. Y luego están las azafatas, yendo arriba y abajo, y los guardias de seguridad haciendo lo mismo, pero más despacio; como si se moviesen en un tiempo distinto, y la gente mirando el letrero y bostezando y haciendo como si no estuviesen aquí.

Y entonces lo he visto claro.

No me preguntes por qué; es una de esas cosas que no puedes explicar.

Como cuando sabes que alguien va a romperte el corazón y termina 
ocurriendo, pese a que no puedas señalar nada concreto que lo indique y decir, ahí lo tienes, esa es la prueba.
Te lo dije.

Es un poco como lo de esa historia que me vino a la cabeza hace un rato, ¿sabes?
Un hombre y una mujer se adentraron en un bosque.

La mujer tenía fama de haber asesinado a sus antiguos amantes, y el hombre que paseaba con ella lo sabía. Estaban justamente hablando de eso. Él le decía que había notado ciertos impulsos homicidas por parte de ella, impulsos que por supuesto ella negaba. Antes de que ella se enfadase él le dijo, con mucha calma, dada la situación, que no tenía por qué pasar nada malo, es decir: si ella sentía el ansia que había podido con ella las otras veces, sólo tenía que decírselo y él se quitaría de en medio; así ella no mataba a nadie más.

Bueno, había dicho ella, en realidad no lo haces por mí, lo haces por ti, quiero decir que tú no quieres que te mate para no estar muerto, no para que yo no asesine a nadie. Él había contestado a aquello explicándole que él no moriría aunque ella le matase, que lo que quería evitar era el acto de ella, el asesinato en sí, no la muerte, ya que un asesinato más podría precipitarla a un abismo del que luego no podría salir, y muchas otras cosas.

Al final, en un momento de la historia, mientras ella explica que a él no quiere matarlo, porque es distinto a todos los demás y porque jamás podría hacerle daño, llama su atención sobre algo en la rama de un árbol, justo detrás. Él se gira para verlo y ella lo apuñala con furia una y otra vez.

La parte que siempre me ha llamado la atención es esa en la que ella huye del bosque, gritando y maldiciéndole por haberla obligado a matar. (!)

La historia dice que, cuando el cuerpo de la víctima quedó a solas, comenzó a moverse, despacio, y se puso en pie. Se miró las manos, llenas de sangre y tierra, y se quitó la camisa, también ensangrentada. La usó para limpiarse, -o restregarse la sangre-, mientras caminaba hacia un lago cercano, donde se dio un buen baño y salió, por supuesto, sin una sola herida.

Mirando el lago recordó una leyenda sobre alguien, a veces mujer, a veces hombre, dependía de quién la contase, que actuaba de forma parecida. Prometía a sus amantes ir a darse un buen baño con ellos y estos, confiados, iban adentrándose más y más, hasta llegar a un punto en que quedaban atrapados en un lodazal bastante peligroso y, en aquellos tiempos, no señalizado.

Ella miraba como se ahogaban y se marchaba sin mirar atrás, ni una sola vez. Lo que siempre había inquietado al hombre de la historia no era el hecho de que ella pudiese hacer eso, sino el hecho de que no mirase atrás ni una sola vez. Igual que la mujer que lo había asesinado, o bueno, al menos lo había intentado, hacía unas horas. Aún sabiendo que, como él le dijo, no moriría y que ella se precipitaría, como también le avisó, en un abismo del que luego no podría salir, etcétera. Así que el hombre de la historia pensó en todo eso mientras atravesaba el bosque y, cuando llegó al sendero donde ella lo había apuñalado, echó una larga mirada a su propia sangre en el suelo.

Después miró al horizonte, por el que ella había desaparecido, y dijo algo seco y resignado, en plan “no puedo hacer nada por ti” o, “estás perdida”, o “intenté avisarte”, o cualquier otra frase de esas que resuenan al final de una historia un poco extraña, de las que te dejan pensando qué demonios pasará después o, más importante todavía, por qué el tipo no se murió (O por qué quería ayudar a una tía con tan malas pulgas, la verdad.)

Así que nada, como dije antes, llevo un rato pensando en esa historia, y en esta estación y en la historia dentro de la historia, que en realidad es la misma aunque con menos añadidos, y entonces lo he visto claro.

No existo.

Delante de mí hay una familia, dos chavales y su madre. Están
 intercambiando números, nombres; apuntan cosas. Estoy seguro de que se trata de un viaje sin importancia pero aun así la madre intenta tenerlo todo bien atado. No sé por qué, pero imagino un padre ausente.

A fin de cuentas, ¿no lo son todos?

También hay una pequeña mujer en una silla de ruedas, vendiendo cupones. Se parece a otras mujeres de ese tamaño, en silla de ruedas. ¿Te has fijado como algunas personas con enfermedades mentales se parecen entre sí? Con sus lenguas gordas, sus miradas entre perdidas y fijas, sus labios húmedos, y esa clase de ojos que no se deciden a ser rasgados del todo. Esta mujer tiene una cara que ya he visto. Su enfermedad no es mental, es física, pero es igual y, a la vez diferente, a otras personas que recuerdo con ese tipo de enfermedad, si es que recordar es la palabra.

El problema de las palabras es que, aunque significan algo, no todo el mundo entiende lo mismo. Así que, por ejemplo, cuando yo digo que el café está bueno, es posible que tu criterio de bueno, no coincida con el mío, o con el de las otras personas que ahora mismo, o en otro momento, estén dando forma a mi mundo, leyéndolo (tal y como sospecho). Quizá a ti te guste amargo y a mí dulce, e incluso aunque a los dos nos guste de la misma manera es posible que tengamos criterios distintos sobre qué es dulce y amargo, así que, como imagino que comprendes, uno de los principales problemas que tengo para existir es
la falta de concreción y eso, a decir verdad, me angustia un poco.

Porque si alguien entendiese el significado, el mensaje completo, si el código que se despliega en el cerebro de un supuesto lector fuese el mismo, exacto, que hubo en el del supuesto autor, quizá entonces, sólo entonces, yo dejaría de existir en un bucle de lo que seguramente es una realidad intentando definirse a sí misma a través de la mirada de otros.

Como todos esos que intentan definirse a sí mismos sin que sean los demás los que determinen cómo son, e invierten un montón de esfuerzo en que todo el mundo reconozca que no buscan, ni necesitan, de ninguna manera, reconocimiento. Una auténtica putada existencial, créeme.

Y luego está el problema de los recuerdos, claro.

Recuerdo, por ejemplo, estar aquí escuchando todos los sonidos de la cafetería, hace sólo unos minutos. Alguien limpiando cucharillas, el ruido de la máquina de café, el sonido de una bolsa al abrirse, los hielos cayendo en la cubitera, la megafonía de la estación.

Seguro que tú también recuerdas un montón de cosas, pero, ¿cómo sabes que son reales? Quiero decir, que yo recuerdo haber vivido un montón de cosas aparte de estar aquí sentado tomándome un café, pero claro, si lo pienso en frío todo eso son cosas en mi cabeza, lo único real es que estoy aquí y ahora.

Imaginemos que yo fuese un personaje de ficción que está tomándose un café en un sitio como este, y que de pronto me hubiese puesto a observar ciertas pautas y llegado a la conclusión de que no soy real, de que alguien me está escribiendo y, al mismo tiempo (o mejor dicho, después) alguien me está leyendo.

Si estuviese escrito en primera persona tendría recuerdos, por ejemplo besos en un parque o charlas con amigos o el desayuno de ayer, y los tengo, claro que sí, aunque estoy seguro de que tú también los tienes y, sin embargo, al igual que yo, si te ciñes sólo a lo que está sucediendo, estás aquí, leyendo esto, y todo lo demás está sólo en tu cabeza, lo cual deja la posibilidad abierta de que alguien lo haya puesto ahí para darte algo de trasfondo. Es decir, que en realidad, obviando los recuerdos que tanto tú como yo estamos seguros de tener, tu historia serías tú leyendo la mía, igual que, en el cuento del bosque que te conté, la víctima recordaba una historia parecida a la que estaba viviendo, de manera que tendríamos un cuento dentro de otro (aunque en ese caso concreto, son casi el mismo.)

El motivo de pensar en todo esto es que, cuando venía hacia aquí vi una mujer mayor que llevaba unas muñecas rusas en la mano. Bueno, en realidad llevaba sólo una, pero ya sabes; las demás van dentro.

Si lo pienso con calma veo que en esta historia, en mi historia, las muñecas rusas están insinuadas varias veces de forma abierta. Una en el cuento dentro del cuento de la mujer y el hombre en el bosque, otra en la posibilidad de que tú tampoco seas real y simplemente seas la muñeca grande que contiene el resto de muñecas (incluyéndome a mí) y otra en el recuerdo de haber visto unas muñecas rusas cuando venía hacia aquí. Incluso hay otras insinuaciones más sutiles como la frase:
“El caso es que una cafetería en una estación es como un punto de paso dentro de un punto de paso.”

Coincidencias de esas que te hacen sospechar que pasa algo, ya sabes.

Es como cuando, por ejemplo, vas a ver a alguien que suele romperte los nervios, y además tienes que discutir de algo importante y de camino a su casa ves un cartel que dice “Tranquilo” y te quedas de pie, mirándolo y piensas que el cartel te habla a ti. Aunque en realidad dice algo como: “Tranquilo. Ahora puedes pagar el seguro de tu coche en cómodos plazos y blablabla”, pero, durante un segundo, el tranquilo era para ti. Y lo sabes. O como cuando piensas que llevas mucho tiempo sin ver a alguien y te lo encuentras, o como cuando hablas de una película que te gusta mucho y descubres que al día siguiente la hacen en la tele. Podríamos poner mil ejemplos, pero imagino que ya sabes por dónde voy.

Suena como un relato, ¿verdad?

“Estaba pensando en él cuando el teléfono sonó”, o alguna frase de ese estilo.
Si te soy sincero, ese tipo de cosas son las que me hacen sospechar, aunque hay otras, claro.
Por ejemplo:

Todo lo que te he contado sobre las muñecas rusas hace un momento.

El hecho de que las personas a mi alrededor, salvo quizá la mujer de la silla de ruedas y la madre con sus hijos, parezcan decorado sin más, igual que las azafatas y los guardias de seguridad. También creo que hay alguna pista para que me de cuenta de que todo esto es una ficción, por ejemplo la frase: “y la gente mirando el letrero y bostezando y haciendo como si no estuviesen aquí” y todo ese rollo del microcosmos, y eso que dije antes, casi al principio: “De hecho creo que siempre he estado aquí”. Y es posible que mi simpatía hacia esa gente que está en pausa, siendo otra cosa o, como dije antes, más que siendo otra cosa, dejando de ser ellos un rato, sea también algo significativo, una especie de guiño. Incluso, si me apuras, puedo encontrar alguna frase tranquilizadora del autor, o la autora, hacia ti y hacia mí, como por ejemplo: “Hay que tomárselo con calma”, que si lo piensas bien, fue lo primero de todo.

En fin, un asco.

Al final creo que todo se reduce a esto; si estuvieses aquí, porque imagino que esto será un lugar real, o al menos estará sacado de uno, no podrías verme. Tan sólo imaginarme. Aunque, si lo piensas bien, esto no es tan distinto del mundo que conoces, quiero decir que ves un montón de personas y un montón de cosas pero, en realidad, lo único que ves es a ti pensando sobre todo ello, como yo llevo haciendo un buen rato (de hecho el único rato que tengo, porque esto es mi Big Bang y mi Apocalipsis, no sé si me entiendes) y todo eso provoca un montón de problemas y cosas que no tienen cabida aquí, más que nada porque, de estar yo en lo cierto, esto sólo va de un tío que no existe tomándose un café.

Por suerte, como dije antes, el café está buenísimo, y eso está muy bien, ya que si tienes que pasarte toda la eternidad bebiendo café en cabezas que no son la tuya, consuela bastante que ese café esté delicioso, quizá por eso se insistió tanto al principio en que estaba cojonudo; para que quedase bien claro y no tuviese que estar bebiendo aguachirri toda la eternidad.

Un gesto amable por parte de quien haya escrito esto, la verdad.

De hecho estoy seguro de que tendrás más recuerdos de haber leído sobre gente tomando café, seguramente relatos del mismo autor o autora que ha escrito esto, y eso, colega, forma parte del rollo ese de las muñecas rusas, lo cual indica que, sea quién sea el que nos está escribiendo, se lo pasa en grande, de hecho me la juego a que si buscas bien también encontrarás algo sobre trenes y sobre gente que sabe que va a ser traicionada y aún así no da un paso atrás, y sobre personas que observan a su alrededor, claro que eso tampoco es tan difícil de encontrar, total, todos lo hacemos. Hasta yo, y eso que no existo.

Así que bueno, ¿qué quieres que te diga?, estoy casi convencido de que sólo soy una forma de pasar el rato para alguien con tiempo para escribir sobre gente que no existe, al menos no de la forma en la que el mundo suele existir.

Claro que yo, al menos, soy consciente de ello.

“Lo cual no deja de tener su gracia, si sabes pillarla.”

Foto de Rau Santaella

Deja un comentario