Del montón

Supongamos un niño...

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Supongamos un niño.

Se encuentra ubicado en un punto equidistante entre la puerta de salida del aula y la mesa del profesor, lo cual le hace ser consciente, de ese modo poco usual pero posible que en raras ocasiones se da en niños de ocho años, de que le cuesta exactamente lo mismo caminar hacia el recreo que ir a la mesa del profesor, pese a que los resultados de ambas cosas sean bastante distintos dentro del ámbito académico que nos ocupa y en especial justo antes del almuerzo.

El niño está pensando en la recién descubierta función de su pupitre en relación al resto de cosas. No tarda mucho en darse cuenta de que existen los suficientes pupitres en el aula como para situar el suyo imaginariamente en cualquier punto de cualquiera de las figuras geométricas que conoce. Es más, esboza una pequeña sonrisa que nadie salvo una niña rubia, con coletas adornadas con dos gomas azules a juego con el color de sus ojos (los de ambos, en realidad, ya que el niño también los tiene azules) parece percibir.

El motivo de la sonrisa es que el niño ha trazado mentalmente 4 cruces consecutivas, colocando su pupitre cada una de las veces en un extremo distinto de estas.

Lo que más divierte al niño, de ahí su sonrisa, son básicamente dos cosas:

1) Que una vez trazada la cruz mental, y delimitados los pupitres que la componen, parece como si realmente hubiese una cruz en el aula de la que nadie más se hubiese dado cuenta. Y resulta curioso, para él, que ninguno de los niños que forman parte de los tres extremos restantes de cada una de las cruces se de cuenta de la función que tiene en ese momento. De hecho uno de ellos se hurga la nariz de un modo tan intenso que parece imposible que ninguna otra cosa en el mundo, salvo lo que tiene en la punta del dedo, pueda atraer su atención.

2) Que la niña está tan girada hacia él, tratando de discernir qué piensa, o vete a saber, porque las niñas son muy raras y unas veces te hacen caso y otras quieren que las dejes solas o lloran por algo que has dicho o hecho sin que seas consciente de haberlo dicho o hecho, lo cual, por supuesto, no es considerado en ningún momento a la hora de ir corriendo al adulto más cercano y señalarte mientras cuentan su versión de los hechos, versión que pocas veces suele coincidir con lo que realmente ha sucedido, o por lo menos con lo que tú creías que estaba sucediendo hasta que las escuchas contarlo de una forma distinta que tiene ciertos matices y connotaciones que a ti jamás se te habrían ocurrido. El caso es que la niña no se ha dado cuenta de que, desde ese ángulo, no importa en qué punto de qué figura geométrica imaginaria esté, ya que el pupitre de ella siempre está en el mismo sitio con respecto al área total de la clase, él puede ver con toda claridad que sus bragas tienen nubecitas azules, información que lo aturde de un modo un tanto peculiar y con la que, en realidad, no sabe muy bien qué hacer.

El niño sabe lo justo de Jesús. Era un tipo bueno que quería que la gente se llevara bien y lo mataron de una paliza. Hasta ahí llega su conocimiento. Está tratando de imaginarse cómo de gigante serían los Jesús que necesitaría para sus cruces, y también, por qué no, lo aplastados que quedarían varios de sus compañeros bajo su peso, cosa que sabe que no llevarían demasiado bien, ya que alguno de ellos sufre lo más parecido a un ataque de histeria que el niño ha visto cada vez que juegan a amontonarse en el patio unos encima de otros hasta que alguien empieza a llorar. Las chicas, sin embargo, nunca juegan a esas cosas y eso es algo que el niño no acaba de entender, aunque la explicación más racional que se le ocurre es que ellas no quieren que ellos vean de qué color son las nubecitas, flores, rayas y demás adornos de sus bragas, ya que en un juego así es difícil que la ropa se mantenga en el sitio.

Justo mientras ubica con la mayor precisión posible al tercer Jesús, y después de haber contado 4 nubecitas azules bastante visibles de las que la niña parece no ser consciente, la puerta del patio se abre y entra la Directora.

La Directora es la persona más anciana que el niño conoce, de hecho está convencido de que, si la gente no hubiese matado a Jesús, él tendría ahora, más o menos, la misma edad que ella.

A él le cae bien.

La Directora tiene unas amigas, también de la edad de Jesús, o de su madre, que a veces van a su casa. Charlan un rato con mamá y suelen traer libros para él. Le gustan los libros que le traen. No tienen casi dibujos pero son muy entretenidos. En el que está leyendo ahora un hombre hace una apuesta y tiene que dar la vuelta al mundo en ochenta días. En el que leyó la semana pasada un señor viajaba y le pasaba de todo, encontraba unos enanitos que lo ataban y cosas así. Eso ha conseguido que cada vez que mamá habla de hacer un viaje cuando llegue el verano él se inquiete un poco.

Me llevo un rato a Edu, dice la Directora.
La profesora asiente con la cabeza.

El niño se levanta y camina hacia la puerta, no sin antes echarle un último vistazo a los ojos azules de la niña, que siguen clavados en él. El resto de niños sigue a lo suyo. Uno de ellos tiene casi dos falanges completas dentro de la nariz.

Hola Edu.
 Hola Seño.

Los dos caminan por el patio en dirección al aula que hay al otro extremo de éste sin decir demasiado. El patio es grande, porque varios cursos salen al recreo al mismo tiempo y si no lo fuese los niños tendrían que apilarse unos encima de otros para caber, cosa que terminan haciendo de todos modos, pese al espacio. El niño lleva las manos en los bolsillos y la profesora va mirando al frente, dejando a la vista un recogido que resulta fascinante, sobre todo si tienes ocho años.

Entran y toda la clase está en silencio.

No es que estén hablando y entonces se callen como suele pasar en la clase del niño cada vez que entra un profesor y los encuentra desubicados y poniéndolo todo patas arriba, sino que ya estaban callados antes de que ellos entrasen. Eso, sin saber por qué, le inquieta un poco, así que piensa en los ojos azules de la niña mientras la Directora le pide que, por favor, se siente en su sitio. El de ella; la mesa de la profesora.
Las mesas de los profesores tienen cajones, cajones que, por algún motivo que no alcanza a comprender, parecen pedir a gritos ser abiertos cuando estos no están, lo cual es motivo de muchas riñas y castigos siempre que los niños son pillados in fraganti en mitad de la intrusión en el misterioso mundo de la única mesa que está al revés que las demás.

La Directora ayuda al niño a sentarse. Todas las caras le miran. Son niños más mayores. Como tiene un poco de vergüenza les mira un momento y después baja la mirada hasta la mesa, donde hay un libro abierto. Repasa la cara de todos en la foto de su cabeza, los chicos, las chicas, los cuadros, la estantería llena de libros del fondo… ninguna de las chicas es tan guapa como su compañera.

¿Puedes leer, por favor?, le dice la Directora.
Mira el libro un momento y empieza a leer.

El texto no es demasiado divertido, de hecho no está muy claro qué cuenta. Tiene algunas palabras raras como tectónico, telúrico y algunas largas como desplazamiento.

No es un relato, eso está claro, pero bueno, el niño sigue leyendo hasta que la directora le toca en el hombro.

Gracias, Edu, puedes volver a tu clase.

El niño apoya el pie en el tirador de uno de los cajones para bajar de la silla sin caerse, ya que no llega bien al suelo y, aunque seguro que a cualquiera que esté mirando le costaría concebir que alguien pudiese caerse desde esa altura, esa es una de las primeras cosas que el niño ha pensado al darse cuenta de que la Directora iba seguir allí, firme, mirando fijamente a sus alumnos, por lo que no iba a poder ayudarle a bajar de la silla.

El resto de niños le observa caminar. El niño no puede pensar en nada que no sea, pie derecho, pie izquierdo, pie derecho, pie izquierdo, te están mirando, pie izquierdo, pie derecho, ¿por qué no dejan de mirar?, pie derecho, pie izquierdo, ¿qué ha pasado exactamente?, pie izquierdo, pie derecho, ¿Qué quiere decir telúrico?. Y así hasta salir.

Está solo en el patio. Nunca había estado solo en el patio, salvo cuando va a al servicio, pero el servicio está más cerca de su aula que de esta otra, así que, para ser exactos, lo que siente es que nunca ha cruzado TODO el patio sin que hubiese otra persona en él, así que aprovecha para hacer zigzag en un ángulo bastante cerrado en lugar de seguir una línea recta, para aprovechar el paseo y poder contarse a sí mismo que ha recorrido TODO el patio sin que nadie pudiese ver cómo lo hacía. Justo entonces escucha a la Directora. Pese a estar ya a mitad camino. Pese a la puerta cerrada. Está gritando algo sobre vergüenza y niños pequeños que leen mejor que vosotros, deduciendo que el vosotros se refiere a ellos y entendiendo que lo de niños pequeños va por él, aunque la frase esté en plural y él sea sólo uno, lo cual, según le han enseñado, está mal dicho, claro que si la Directora lo dice de ese modo será por algún tipo de regla que todavía no conoce y que le hace pensar que ella se equivoca cuando, en realidad, es él quien está equivocado.

Vuelve a clase y, después de comprobar que las cuatro nubes siguen ahí, tiene tiempo de imaginar tres triángulos, un par de rectángulos y buscar en el pequeño diccionario, que le regaló una de las señoras que va a su casa, qué significa telúrico y tectónico. Luego sigue con lo de las figuras a base de puntos imaginarios situados en las mesas de sus compañeros. Cuando llega al círculo descubre que resulta más complejo de lo que parece a simple vista; de hecho los pupitres parecen estar colocados adrede para que ese ejercicio mental sea imposible.

En el recreo, justo después de terminarse su sándwich, la niña le mira y él se queda de pie mirándola también. Parado, con los brazos colgando de un modo estúpido y la cabeza un poco ladeada no puede hacer más que mirarla. Siempre se miran y casi nunca hablan. Quizá este sea el momento de hablarle, piensa él. Es entonces cuando uno de los niños de la clase de la Directora, habitante de la tercera fila, quinto pupitre a la derecha, según la foto mental que tomó antes de la lectura y que todavía conserva, le empuja, haciéndole caer.

Por la dirección de la que vienen los golpes y por la zona de su cuerpo en la que primero aumenta la presión, el niño deduce que la mayoría de chicos que están echándosele encima son de la clase de la Directora, aunque un brusco desplazamiento del peso hacia la izquierda le indica que alguien se ha lanzado a una velocidad considerable desde el extremo contrario, y esa es la zona donde sus compañeros están, así que alguien de su clase ha saltado sobre el montón humano, que además de la posible asfixia, le inquieta por el silencio con el que está ejecutando todo el asunto.

Lo normal es que los niños griten mientras se amontonan. Eso siempre suele alertar a algún profesor. Sin embargo, este amontonamiento con él en la base, está sucediendo en silencio y, justo mientras piensa que quizá nadie se de cuenta de lo que está pasando, un niño resbala de la zona media del montón, por culpa de los movimientos de los que están en la cima, intentando estabilizarse, y le golpea con la rodilla en la cara, haciéndola rebotar contra el suelo y llenándole la mejilla de calor instantáneo, sólo comparable a las bofetadas de mamá.

Debajo de prácticamente todo un curso, el niño consigue ver a la niña, que está de pie, con sus nubecitas y sus preciosos ojos azules abiertos como nunca los ha visto y una mano puesta en la boca, viendo como todo un curso salta sobre él en silencio. Bonita como casi ninguna otra cosa.

Y entonces, sin saber muy bien por qué, el niño decide que, pase lo que pase, no va a llorar cuando esto termine.

No mientras ella siga mirándole.

Foto de Abraham Puthoor

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