Eran las 3 de la mañana y fui a echar la última con un amigo que vino de visita y su chica, también muy amiga mía. Apenas nos saludamos me explicó la situación: una antigua compañera de clase llevaba toda la noche proponiéndole ir a pecar, sin siquiera atender que él ya estaba acompañado; y quería que le ayudara a librarse de ella.

Cuando cerró el bar esperamos los tres a que saliera Almudena. Él sabía que esa chica no tenía su mejor noche, puesto que había estado rechazando maromos e insistiendo en follarse a un viejo amigo; aun siendo la mujer más bonita, de esas que, se supone, pueden tener a cualquiera; así que decidimos ser educados, y, además, tanto mi amigo como mi amiga, se quedarían más tranquilos si yo la acompañaba a su casa, o a la mía. Por eso le dije a Fran las palabras exactas que quería que le dijera. Ella salió del bar dejando atrás a cuatro chicos altos y guapos, con mucha barba pero, seguramente, poco verbo, y vino directa a nosotros. Unos veinte segundos más tarde mis amigos se marchaban y Almudena me agarró del brazo. Fuimos a mi casa, que estaba a unos ochenta y tres pasos del bar en condiciones normales, ciento cinco esa noche.

Quería oír música y fuimos directamente a la habitación. Reparó ante el LP de los Dead Kennedys que había encima del tocadiscos; lo que es una buena señal en una chica que, aun siendo extrovertida, desprendía dulzura. Quería vino. Fui a la cocina para abrir una botella y coger dos copas. Durante esos minutos tomé consciencia de que todo había sido muy fácil y de lo jodidamente buena que estaba la mujer que me esperaba en la habitación. Bebí. Empujé la puerta con el hombro y una copa en cada mano.

Pocas personas realmente ganan desnudas.

Parecía que los mejores artistas de todos los tiempos habían trabajado juntos para crear ese momento. Nunca hubiera imaginado que una chica tan guapa y con tanto estilo pudiera esconder también un cuerpo tan bonito. Se había quitado toda la ropa y, encima de la cama, de rodillas, apoyaba las manos contra la pared. Levantó la cabeza y eclipsó la bola de espejos que colgaba de una de las vigas del techo abuhardillado. Podía ver la luna a través de la ventana que tenía justo encima. Poseía la habitación.

Entonces la vi. Fueron diez segundos maravillosos los que pasaron antes de que se diera la vuelta y pudiera mirarle a los ojos. Antes de que pudiera reaccionar empezó a hablar “sola”, a decirle a “alguien” que se la follara de una vez porque quería dormir.

Hubiera sido muy fácil ponerle esa inyección, pero yo no era cura.

Seguí el procedimiento habitual: la tumbé; la arropé; le di un beso en la frente; le pedí que descansara. Me bebí las dos copas de vino, me fumé un porro y mi dolor de huevos y yo nos fuimos a dormir al sofá. A la mañana siguiente me dio las gracias como medio millón de veces. Pensé que lo mejor para darme las gracias era hablar bien de mí a sus amigas y dejar de ser tan puta, pero me callé. Se fue y por fin pude hacerme una paja. Dos.

Desde aquel día se alegraba mucho de verme por ahí, aun sin conocerme todavía, ya que sólo yo la había visto desnuda a ella. Con el tiempo me enteré de que tenía un novio en Madrid y di las gracias a mi instinto por no habérmela follado esa noche; igual que se las di aquella vez que no quise robar una tienda que se suponía que no tenía alarma. Un par de meses después volvimos a encontrarnos a las 4 de la mañana.

Estaba llegando a mi portal y saqué las llaves. Un tipo de los que puedes encontrarte tomando chiquitos por mi barrio cualquier día a las 11 de la mañana, cargaba con una chica bastante borracha con intención de apoyarla donde pudiera y darse un festín. Pude verle la cara a través del pelo y reconocer a Almu. Yo no era su amigo, pero seguro que ese tipo tampoco; así que me acerqué como si acabara de perderla de vista y dije: —¿Dónde vas, Almu? Ven que te pasas de largo—. El tipo no echó a correr pero casi, y se la quitó de encima como diciendo “estaba así cuando llegué”. Subimos a mi casa y ese día estaba peor aún que la última vez. Le quité el abrigo y la metí en la cama.

Después de esa mañana no volví a verla. Antes de irse comprobó que no la había tocado, sabía que no era gay por la forma en que la miraba y no podía entender por qué después de todo no había hecho nada con ella, si yo también estaba borracho las dos veces y “tenía todo el derecho”. Se fue dando las gracias otra vez y recé por ella y por no volver a verla más.

Puede haber cosas geniales dentro de un cuerpo bonito, pero pocas personas realmente ganan desnudas.

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