Hace unos años había un cacito de hojalata en casa. Era pequeño, quizá con la capacidad de un vaso. Estaba abollado en partes y le faltaba el mango, con lo que si lo querías usar en la hornilla tenías que agarrarlo con un paño para poder servirte.

Mi madre utilizaba ese cacito para calentar leche. Decía que lo del microondas le resultaba más complejo de la cuenta, especialmente teniendo una hornilla al lado del mismo.

Era una imagen de todas, todas las mañanas. Mi madre, metida a duras penas en nuestra minúscula cocinita de juguete, encorvada sobre la hornilla y calentando la leche para el café en su pequeño cazo de hojalata. Mi vieja, agarrándolo por el borde con un paño húmedo de cocina a fin de no quemarse y vertiéndolo en la taza con dos cucharadas de café instantáneo.

Un día que no utilizó bien el paño se quemó los dedos. Nada del otro mundo, ¿sabes? No estamos hablando de una quemadura de tercer grado ni nada que requiera injerto de piel, pero aun así es algo que jode. Y con toda mi buena intención le pregunté que por qué seguía usando ese viejo cazo, que yo mismo le iba a comprar uno nuevo en ese instante si hiciera falta.

Mi madre me miró, sonriéndome, y me dijo que el utensilio le traía recuerdos. Me callé y esperé a que continuara, y lo hizo. Resulta que dicho cazo lo había comprado en un viaje a Granada con el fin de calentarle el biberón a mi hermano recién nacido. Mi hermano, nacido a mediados de 1970. Mi hermano, que es doce años mayor que yo.

En las manos teníamos un cazo prácticamente prehistórico. Un cazo que databa de antes de la invención de la obsolescencia programada. Un humilde utensilio de cocina que había visto más historia de España que yo mismo.

¿Sabes de qué me arrepiento? De no haberle hecho una foto a esa mítico cazuelita de hojalata antes de que mi madre lo tirara y lo cambiara por un horripilante cazo del todo a cien decorado con una vaca lechera.

Foto de Frédérique Voisin-Demery

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