Hoy he leído algo que no esperaba tener que leer nunca. Algo que tampoco me entra en esta cabecita poco privilegiada que llevo entre los hombros.

Abortar es tan miserable como violar a un niño. Abortar es matar a tu propio hijo.

Eres una chica de once años, y has sido víctima de una violación por parte de un infraser que cree que su polla vale más que tu vida, que tu dignidad y tu inocencia. Por mala suerte, la semillita del señor ha echado raíces en tu útero, y la simple idea de llevar a cabo el embarazo causado por ese miserable remedo de ser humano te resulta traumática, nauseabunda y quizás tan dolorosa como el propio asalto sexual.

Sabes qué, da igual. No tienes permitido abortar, porque a algunos señores con ganas de verte como a un simple útero con piernas cuya única función es la reproductiva se les antoja un crimen, un delito y una mala solución. A fin de cuentas, ese niño que llevas en tu vientre no tiene la culpa de que su padre no se merezca ni siquiera el apelativo de homo sapiens.

No tienes permitido abortar, porque hay señores que en nombre de un supuesto dios —qué casualidad, el mismo que decidió aniquilar a todos los primogénitos de Egipto, o que mandó el diluvio para eliminar su “error”— deciden que toda vida es sagrada exactamente desde el momento de su concepción, aunque esa vida no sea más que un puñado de células sin ningún tipo de rasgo formado. Aunque esa vida no sea más que una vida in potentia, ya vale más que tu dignidad como mujer.

Y no sólo eso. Si decides abortar, si decides terminar tu embarazo dentro de los cauces legales ofrecidos en países semicivilizados como el nuestro, habrá gente que tenga los cojones de tal tamaño como para asegurar que eres igual de despreciable que un supuesto humanoide que decide reventar a una niña de menos de un año con sus órganos sexuales, sólo porque su pene vale más que el futuro de esa cría.

A falta de una religión, intento tener fe en la humanidad, de verdad que lo intento. Pero me lo ponéis muy, muy, muy difícil.

Foto de Eli Sugus

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