Un poquito de romero

Es sábado. Ayer no saliste y te has levantado, si bien no a la hora de ayer, más temprano de lo esperado. Tienes hambre. No, espera. No tienes hambre, lo que estás es famélico. Vas a la cocina y ves que no te queda pan, que la cafetera está sucia del último uso y que la mantequilla está tan dura que necesitarías un cincel para sacar un trozo.

Bah, qué cojones. Es sábado. Bien puedes irte a desayunar a un bar, rodeado de gente y con un libro en la mano. Es mejor que encender la tele en casa, desde luego.

Te das una ducha rápida, te vistes y te diriges hacia uno de esos bares del centro de la ciudad que tanto te gustan. Vas con tu libro en la mano, pasando páginas mientras andas, como si buscaras pokémon en las hojas del tomo. Y de repente, escuchas la voz.

“Aaaay, niño, cógeme un poquito de romero, ven, que te voy a leer la mano”.

Ya está la pesadilla encima tuya. La mujer del romero. Da igual que pases por aquí a menudo, y que siempre rechaces su oferta. Ella no recuerda tu cara, y va a seguir dándote el coñazo día tras día, semana tras semana.

Tras un breve forcejeo verbal —“Que no, mujer, que no llevo dinero encima. Que soy del barrio y no creo en estas cosas. Que no puedo darte nada. Que estoy en paro, hija.”— consigues esquivarla y seguir en tu camino, con el estómago rugiendo como si no hubiera un mañana.

Una oferta que no podrá rechazar

La jornada laboral ha sido un asco. Clientes que quieren su logotipo un poquito más grande. Servidores que se caen. Una página infectada. Marrones encima de marrones encima de marrones, con un poquito de glaseado de “chocolate” por encima.

Sin embargo, por fin ha terminado. Hoy has decidido que no te apetece meterte en la cocina, así que mientras caminas hacia casa haces un pedido al japonés para tener al repartidor en tu puerta a los minutos de llegar.

Te sientas en la mesa, pones un capítulo de Lovesick en Netflix, sacas los palillos y te dispones a atacar el almuerzo. Acabas de mojar un rollito en la salsa de soja y te lo estás llevando a la boca justo cuando te suena el teléfono. El puto teléfono. ¿Quién será a estas horas?

“Hola, le llamamos de Vomistar. ¿Podría hablar con el titular de la línea? Tenemos una oferta que podría interesarle.”

Les dices que no te interesa, a lo que te responden “¿Y si no conoce la oferta, como lo sabe?”. Saben que estás comiendo, que no tienes ganas de escuchar gilipolleces comerciales, que sólo quieres un ratito de tranquilidad… pero les da igual. Siguen insistiendo. Al final, ya con el cabreo encima, cuelgas el teléfono y sigues con tu comida, que ya no te sabe tan bien como antes.

Imagina…

Estoy convencido de que te has sentido identificado al menos con una de las dos historias que te escribo ahí arriba. Estoy absolutamente seguro de que, como a todos, te jode mucho que interrumpan tus momentos de paz para intentar venderte cualquier mierda.

Imagina que fuera constante, y no algo puntual. Imagina recibir a diario ofertas en las que no estás interesado. Imagina rechazar al vendedor una y otra vez sin que éste se dé por aludido. Imagina decir que no, sólo para que entiendan un “quizás sí” o un “bueno, vale”.

Imagina ser una mujer.

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