Confieso que cuando llegaron las aguas de importación a España fui una de las múltiples personas sorprendidas. En un país cuya agua del grifo es potable y de fiar, nos vemos invadidos ya no por botellas de agua Lanjarón —muy buena para el riñón— o Bezoya —ehem— sino por botellas que prometen venir directamente desde los cada vez más esquilmados acuíferos de las Islas Fiji, desde glaciares congelados desde que se filmó Edad de hielo o desde un asteroide que pasaba por la zona.

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Si notas cierto sabor a bellota en tu Agua de GlaciarTM, es culpa de Scrat.

Sí. A cualquier persona con dos dedos de frente le parece una estupidez y, qué cojones, estaría en lo cierto. Ya no hablamos sólo del esquilmado de acuíferos en peligro de desecado o del gasto de petróleo en plásticos, embotellado y transporte, sino de lo que siempre nos han enseñado: que el agua es inodora, incolora e insípida. Que no la vas a diferenciar, por mucho que te empeñes.

Sin embargo, hay una muy buena razón para comprar y disfrutar de una buena botella de agua recién importada de las Islas Fiji.

Ay, el puñetero status

Acabas de entrar en el restaurante de moda entre la jet-set. Has llegado en tu flamante Tesla y le has dado las llaves a un aparcacoches con más granos que ceros tiene tu saldo bancario, que ya es decir. Mientras aparece el maître que se ocupará de ti personalmente, miras en tu iPhone 7 los últimos tuits de Álvaro Ojeda, qué gracia tiene, cómo le mete caña a los putos rojos, jaja.

Te sientan en una mesa pequeña, íntima, acogedora. No necesitas más, ya que no has venido para agasajar a ninguna piba sino para agasajarte a ti mismo que te lo mereces mucho más. Y cuando dices que no bebes alcohol —no sólo tienes que conducir de vuelta, es que tampoco pegaría demasiado con lo que te vas a meter luego— el sumiller de aguas te trae una cartita con aguas de diferentes precios y denominaciones de origen.

Tu primera reacción es arquear la ceja de forma leve, pensando “¿Esto qué coño es?. La segunda es mirar alrededor y ver a un tieso con su novia. Está claro que ese paná ha tenido que ahorrar algo así como los últimos seis meses para poder permitirse llamar para reservar al restaurante. Y está bebiendo de una botellita de agua Bezoya. La que tú te ibas a pedir.

No hija no. Por ahí no pasas. Ni de coña. Eres absolutamente consciente de que el agua de Fiji no vale los cuarenta pavos que te piden, pero antes muerto que pedir la misma mierda que un tieso con un traje del Zara.

Tienes fuerza económica, un poderío que ni el de Goku en Supersaiyan Blue, y tú te vas a gastar cuarenta pavos en una botella de agua importada ahora mismo, por tus cojonazos de toro. Porque puedes.

Si no, a ver por qué te compraste un iPhone de mil quinientos euros cuando el Candy Crush, el Facebook y el Twitter funcionan igual en un Huawei de doscientos. Si no, a ver por qué llevas un Apple Watch, por qué tienes un Tesla de cien mil euros o por qué llevas un traje cosido a mano por la madre de Vittorio y suegra de Luchino.

Sí. También te has comprado los AirPods.
Sí. También te has comprado los AirPods.

Porque la pasta te sale por las putas orejas y tienes que demostrarlo. Que se note cuál es la cartera que está hinchada y cuál no.

Eso sí, no puedes evitar cierto sentimiento de estafa cuando para enfriar tu agua de las Islas Fiji te traen hielos hechos con agua del grifo.

Sí, soy consciente de que el agua sólo es inodora, incolora e insípida si es completamente pura. Sé que el sabor del agua se ve afectado por los lugares por donde pasa, por donde se filtra e incluso por las tuberías o el material del envase.

La espectacular fotografía de portada es del señor Taro Taylor. La de la ardilla dentuda es cortesía de Dreamworks.

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