Hay amores que duran toda la vida, y en mi caso uno de esos es el amor por la palabra escrita. Amo la palabra. Me encanta jugar con ellas, usarlas, darles la vuelta, menearlas de izquierda a derecha y arriba abajo y hacer que trabajen a mi favor para que mis ideas lleguen al gran público.

Esto implica utilizar siempre las palabras correctas en el sitio correcto, y a veces la palabra correcta es una palabra incorrecta. Soltar un mierda, un hijo de puta o uno de los múltiples y ricos insultos de nuestro idioma en el momento justo puede convertir un chiste cutre en una carcajada sin fin, o una diatriba sin chicha en un discurso apasionado.

Lo que me fastidia, por no usar una palabra incorrecta como me jode (ups), es que hay personas ahí fuera que afirman sin pestañear que la simple aparición de una de esas palabrotas es capaz de eliminar cualquier atisbo de razón en un escrito. No quiero generalizar, pero casi siempre se trata de personas conservadoras, de derechas y con una estricta educación de colegio de monjas.

Como puedes imaginar, esto me afecta de manera personal. Mis padres no usaban este lenguaje —provenían de otra época— pero eso no me impidió criarme con personas que sí lo usaban. Personas que convertieron el uso de las malas palabras en un arte. Me he criado con Faemino y Cansado y su cocodrilo chupapollas, con el Víbora, con Vázquez y sus deudas, con Camilo José Cela y sus sublimes aportes al diccionario. He leído a Ariel Arango y su magnífica investigación de las malas palabras desde la psicología (argentino tenía que ser). Me he partido de risa una y otra vez con George Carlin y sus siete palabras que nunca se podían decir en televisión. Me he emocionado con Bukowski y Sade, y como muchachito adolescente me he pajeado hasta la saciedad con el Sexus de Henry Miller. ¡Qué coño, fui fan de Extremoduro hasta los veinticinco!

Con una educación como esta, con unos referentes como estos, ¿cómo no voy a usar malas palabras? ¿Cómo me voy a cortar a la hora de usar las más correctas palabras incorrectas?

Las especias del lenguaje

Buscando información sobre este tema para inspirarme, me he encontrado con este maravilloso artículo sobre las palabrotas de los amigos de Visicitud y Sordidez.

Las palabrotas son una parte importante del lenguaje. De hecho, son como la pizca de canela en un capuchino. Como el bigote en un actor porno. Como el último toque que te das tú mismo cuando tu pareja te está haciendo una paja. Lo que diferencia lo bueno de lo cojonudo.

Imagina que expurgáramos nuestro lenguaje de todas estas palabras. Imagina que apareciera una nueva hermana de Bowdler* que eliminara el “hijo de puta” que Tony Stark dedicó a Loki en Los Vengadores. Que borrase cualquier palabra malsonante de las obras de miles de autores y cineastas, de decenas de miles de tuits o artículos como éste. Que eliminara el nigger de Huckleberry Finn, en pos de una corrección política sin sentido (ah, no, que esto ya ha pasado). Que hiciese desaparecer esta obra maestra de la música que os pongo a continuación.

Cuando imagino un mundo así, tiemblo. Cuando pienso en una sociedad en la que se puede decir cualquier mensaje y apoyar cualquier idea siempre y cuando no se usen palabras malsonantes, tiemblo. Y mucho.

Las palabrotas son parte de nuestro lenguaje. Nos sirven para enfatizar, para puntualizar y dar fuerza a nuestras ideas. Son una parte de nosotros y no podemos ni avergonzarnos de usarlas ni escandalizarnos al verlas.

Ahora, la pregunta del siglo. ¿Quién me ayuda a hacer un recopilatorio de insultos y palabrotas no sexistas, capacitistas, especistas, putófobos u ofensivos para colectivos oprimidos en general? Sé que me voy a quedar con un insulto o dos, pero agradecería vuestra ayuda.

Bowdler fue un señor que supuestamente se dedicó a expurgar las obras de Shakespeare para hacerlas más aceptables a un público familiar, eliminando referencias a malas palabras, suicidios o cualquier cosa que pudiera dañar las muy sensibles sensibilidades victorianas. Y digo ‘supuestamente’ porque la persona que se ocupó de tal aberración no fue él, sino su hermana Henrietta Bowdler; en aquellos tiempos no se consideraba que las mujeres fuesen capaces de identificar nada que pudiera «ofender a la mente virtuosa y religiosa». Como siempre, detrás de todo gran hombre hay una mujer que es la que realmente hace el trabajo.

La ilustración es de Steve Rhode, y la he cogido porque es Creative Commons.

3 Comentarios

  1. Idioto e imbécilo, dos formas cariñosas y que llenan la boca producen saliva fresca. Sobre todo, im-bé-ci-lo.
    Por qué ya no te gustan Extremoduro? … frasees como, me siento extranjero fuera de tus agujeros del disco La ley innata, tienes a montones. Sin irme del tema, escúchalo, me hizo creer de nuevo en ellos.

    • Curiosamente, imbécil e idiota son términos capacitistas, ya que vienen de términos médicos para definir discapacidades mentales. Extremoduro me gustaban cuando era más cría, pero lo hipócritas que llegaron a ser en su concierto en Sevilla me desengañó mucho.

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