No sé si recordarás esto, pero hace un par de décadas Euskadi estaba aterrorizada —y nunca mejor dicho— por el terrorismo de la banda ETA. Entre los chantajes, los impuestos de protección y las bombas, la vida en el País Vasco estaba lejos de ser ideal.

De vez en cuando ocurría lo inevitable: un saco de mierda ponía una bomba y mataba a una, diez, veinte personas. Así, sin más. Porque el fin justifica los medios, porque sus cojones decían que sus ideales valían más que la vida de inocentes y porque ese día se aburría en casa.

Cuando ocurría uno de esos atentados, la sociedad salía en masa a las calles a lo largo y ancho de toda la geografía española a hacer algo tan obvio como condenar el hecho, especialmente en la zona más afectada. Y aquello se veía bien, la verdad. Tan bien que si algún vasco no condenaba el atentado con palabras claras y diáfanas, se le podía considerar simpatizante de los asesinos.

Pasamos página y llegamos al año 2016, en una sociedad y un mundo donde la amenaza de ETA sólo es recordada por las víctimas de aquellos años sombríos y algunos agoreros de derechas. Ahora el terrorismo viene de Oriente Medio, con el nombre de Daesh. Y vuelve a pasar lo mismo pero de una forma un poquito más exagerada. De repente un barbudo con turbante y la cabeza lavada por algún infraser con ínfulas de profeta decide entrar en un lugar lleno de gente e inmolarse al grito de Allahu Akhbar. Y si antes se exigía a todo vasco que se levantara a condenar las barbaries de los etarras, ahora se le exige a todo musulmán. Sea de donde sea, esté donde esté, se llame como se llame, tiene que levantarse en grupo con todos sus correligionarios y condenar a voz en grito la absurda violencia terrorista del autodenominado Estado Islámico.

Porque todo el mundo sabe que si te llamas Aitor eres simpatizante de ETA hasta que se demuestre lo contrario, aunque te dediques al sexado de pollos. Y porque si te llamas Ahmed quieres cortar cuellos de infieles hasta que se demuestre lo contrario, aunque no seas más que un humilde frutero.

Y yo me pregunto… ¿dónde están mis amigas las monjas? ¿Por qué no hay escuadrones de monjas condenando en las calles el comportamiento de Sor María la robaniños? ¿Dónde están las monjas que señalan a aquellas hermanas que obligan a abueletes a votar lo que ellas quieran?

¿Y los sacerdotes? ¿Qué hacen que no están maldiciendo y apartando de su lado a todos los pederastas que hay en el seno de la Santa Madre Iglesia? ¿Por qué miran para otro lado cuando un obispo dice que el abuso es justificable porque “las niñas se ponen como en un escaparate, provocando”? ¿Por qué aceptan que uno de sus representantes digan que los niños son cómplices de sus violaciones?

Y vosotros, cristianos de base, tolerantes, amables, amistosos y amorosos, que os veis representados por el mensaje de amor y tolerancia de vuestro salvador Jesucristo… ¿cómo no estáis en la calle pidiendo a gritos la renuncia de Cañizares cuando afirma que el Imperio Gay y el feminismo son un problema grave para la sociedad? ¿Qué hacéis parados cuando el Papa Paco dice que la ideología de género y las personas transgénero son peores que una bomba atómica?

A fin de cuentas, por la lógica que vimos antes… si no condenáis, pública y enérgicamente… sois cómplices. Y aquí o nos medimos todos por el mismo rasero o se acaba el juego.

Fotografía mía propia de una manifestación condenando la tauromaquia. Sí, hago fotografía en Sevilla. Contratadme. Más triste es de robar.

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