Érase una vez un supuesto muchachito llamado Rau que se negaba a tener teléfono móvil. Rau decía, “¿Para qué? ¿Para que mis padres puedan contactarme en cualquier momento? ¿Para que esté controlado de forma constante? No, gracias”.

Rau era feliz sin tener que estar pendiente de si recibía llamadas o no, si recibía SMS o no. Rau tenía de sobra con el teléfono fijo en el que recibía llamadas de los ligues ocasionales —muy pocos ligues, y por ende muy pocas llamadas— y con poder acceder a Internet desde el ordenador de su cuarto.

Sin embargo, todo se torció cuando llegó septiembre del 2004, y con él un coche que de golpe y porrazo —nunca mejor dicho— le envió al hospital, y del hospital a una larga rehabilitación. Los padres de Rau fueron firmes; si Rau quería salir por la noche en su silla de ruedas, Rau tenía que tener un teléfono móvil para poder contactar con su familia en caso de necesitarlo.

Y ahí fue cuando ese supuesto muchachito —yo mismo— adquirió su primer móvil. Todo fuera por poder recorrerme la Alameda sobre ruedas, siempre con un amigo empujando por detrás.

Sí, el vicio me viene de largo.

Así es, tuve que claudicar y comprar mi primer móvil. Sin embargo, no me rendí del todo. Lo utilicé lo menos posible, huí de la puñetera serpiente, escribí los SMS imprescindibles e intenté no engancharme. Y lo conseguí, ojo. Lo conseguí hasta que a alguien se le ocurrió meter Internet en un puñetero telefonito.

Fue tener mi primer smartphone y caer en sus redes para siempre. Ya no era sólo tener acceso a la suma de todo el conocimiento de la humanidad tal y como se presentaba en Internet por aquel entonces. No, qué va. Era tener acceso a las primeras versiones de Grindr y sucedáneos, era el poder ver fotos de gatitos haciendo el tonto en cualquier momento del día o el poder acceder al diccionario para mirar qué significaba una palabra cualquiera en inglés.

Y ahora, en uno más de los múltiples momentos divertidos de este verano de 2016, mi móvil se ha roto del todo. No consigo encenderlo, no consigo hacer que funcione, y siento como si me faltara una mano. Se hace raro estar sin móvil, se hace extraño estar incomunicado.

Temes salir de tu casa, por si te llega un correo importante (cuando estás en paro, como yo, cualquier correo puede ser muy importante). Temes volver, porque te puedes encontrar con una enorme bola liada en Twitter y mil notificaciones esperando a que lidies con ellas. Estás tan tranquilo tomándote un café en el bar y tu mano gravita de forma automática hacia el bolsillo, esperándose encontrar ahí una ventana hacia el exterior del exterior. Estás con los nervios a flor de piel, porque has repartido currículums por media ciudad y sabes de sobra que si te llaman y no lo coges es peor que si no te hubieran llamado.

Parece increíble como algo tan artificial y tan supuestamente superfluo como un teléfono móvil puede convertirse en una extensión de ti, algo sin lo que no sabes como reaccionar. Parece increíble como algo que en un momento de tu vida no querías, ahora te parece imprescindible precisamente por los mismos motivos.

Y de mientras, sigo sin teléfono, y no sé cuándo recuperaré mi conexión con el mundo exterior.

Creo que puedo arreglar mi iPhone por menos de cien euros, pero ahora mismo cien euros para mí es una pequeña fortuna. Huelga decir que acepto cualquier tipo de donación por paypal u oferta de trabajo. Os recuerdo que hago diseño gráfico, diseño web, fotografía en Sevilla, redacción de contenidos y traducción de inglés a castellano y viceversa. Soy buena en lo que hago. Escribidme a rau@eltraductorintrusista.es para cualquier cosa. Foto de portada de Víctor.

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