Ay, España, nuestra España. Nuestra querida piel de toro, tan querida por algunos y tan maltratada por otros. Con nuestros toros de cartón erigidos al lado de las autopistas, con nuestros toros bravos corriendo por las dehesas, con nuestros morlacos empitonando a cualquier valiente que se ponga en medio.

Ay, esos astados tan bravos, tan bravíos, tan nuestros, que se han erigido por mérito propio en la imagen de nuestro país en el extranjero. Esos toros que se han adueñado, lágrima a lágrima, gota de sangre a gota de sangre, de nuestros bazares, nuestras tiendas de souvenires y nuestros corazones.

Y sinceramente, ¿qué mejor símbolo de España que la tauromaquia? ¿Qué mejor símbolo del español medio que un toro bravo?

Piénsalo bien.

Una noble bestia que no dudamos en presentar ante el mundo como ser altivo, como criatura noble, fuerte y peligrosa. Un toro erguido, que presenta sus cuernos con desdén al mundo. Un toro que nos llega tanto a la patata que hasta lo convertimos en adorable peluche que achuchar en la cama.

Mira que adorable, qué cuqui y qué lindo.
Mira que adorable, qué cuqui y qué lindo.

Pero ¿qué no hay en esas tiendas de souvenires? El final del pobre bicho. Drogado, maltratado, debilitado, ensangrentado a banderillazos, torturado delante de miles de ojos expectantes y asesinado de una estocada en la espalda. Y si el animal se atreve a defenderse de verdad y matar a su matarife —como pasó con Víctor Barrios— no sólo se le mata a él, sino a toda su puta estirpe para que sus genes no se reproduzcan.

Y pensando en esto, no me puedo evitar acordarme de los españoles con su imagen de valientes, simpáticos, extrovertidos, fiesteros, siempre de juerga y con una vida feliz y despreocupada… sólo para que luego estemos siempre pisoteados, maltratados, acribillados a impuestos, esquilmados por corruptos, con una educación de risa, una sanidad cada vez más precaria y unos derechos laborales que cada día son más inexistentes.

Y si te atreves a intentar levantar la cabeza y quejarte… te aplicarán la ley mordaza, te enjuiciarán por algún tuit estúpido sacado de contexto y seguramente te manden a la cárcel.

No sé qué pensarás tú, pero creo que el toro nos pega como imagen corporativa. Y mucho.

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