Las personas que me conozcan sabrán que soy una lectora empedernida. Leo bastante, leo mucho, leo con fruición, con ansias, con agonía, con rabia y con desespero. No devoro palabras, devoro páginas. Sin embargo, hay un autor clásico con el que no puedo, y es Julio Verne.

Recuerdo en particular mi última experiencia Vernácula. Más en concreto, ciertos párrafos que de forma inevitable, acababa saltándome. Los párrafos en los que algún personaje miraba por alguna de las ventanillas del Nautilus.

Durante un par de horas, todo un ejército acuático dio escolta al Nautilus. En medio de sus juegos, de sus movimientos en los que rivalizaban en belleza, brillo y velocidad, distinguí el labro verde; el salmonete barbatus, marcado con una doble raya negra; el gobio eleotris, de cola redondeada, de color blanco salpicado de manchas violetas en el dorso; el escombro japonés, admirable caballa de esos mares, con el cuerpo azulado y la cabeza plateada; brillantes azurores cuyo solo nombre dispensa de toda descripción; los esparos rayados, con las aletas matizadas de azul y de amarillo; los esparos ornados de fajas con una banda negra en la cola; los esparos zonéforos, elegantemente encorsetados en sus seis cinturas; los aulostomas, verdaderas bocas de flauta o becadas marinas, algunos de los cuales alcanzaban una longitud de un metro; las salamandras del Japón; las morenas equídneas, largas serpientes con ojos vivos y pequeños y una amplia boca erizada de dientes…

Cada vez que algún individuo miraba por los ventanales del submarino, Julio Verne describía en detalle cuasi-anatómico lo que se podía ver bajo el mar, nombrando largas listas de especies para mí desconocidas.

Más tarde, habiendo dejado ya el libro por imposible, descubrí el por qué. Julio Verne cobraba por palabras. ¡Le era rentable repetir interminables listas ictiológicas! Cuando leí eso, no pude menos que reírme y sentirme absolutamente identificada.

Quiero cuatrocientas palabras sobre el apareamiento del pingüino real para mañana

La vida del escritor freelance es una vida muy perra, y más desde la aparición de mercados tan sanos y saneados como podría ser UpWork. Se ven peticiones complejas a nivel técnico y ridículas a nivel económico, con personas ofreciéndote cuatro y cinco euros por cada artículo de 400 palabras sobre temas que seguramente sólo te suenen de oídas.

Pero cuando la necesidad aprieta no puedes negarte, y eso te hace tener que escribir diez artículos al día —si los consigues— sobre temáticas tan diversas como el cáncer de boca, el ritual de cortejo del oso, locales de swingers, las ventajas de tener un máster o la necesidad de saber si tu pie es pronador o supinador. Y ¿le vas a dedicar más de media hora? ¿Por cinco euros? Sabes que no.

Así que recurres al arsenal del escritor de fortuna. Si conoces el tema y tienes la suerte de que te apasiona, escribes de forma rápida, certera y ágil. Si te suena de algo, escribes lo primero que se te venga a la cabeza revisando algunas fuentes a fin de no cometer errores garrafales. Y si no sabes nada, agarras artículos escritos en otros idiomas y los reescribes con tus propias palabras añadiendo algún chiste. Si te piden más de cuatrocientas palabras —este artículo tiene unas ochocientas— y tu idea sobre el mismo es más bien limitada, te ves obligada a repetir conceptos e ideas con diferentes palabras para poder llegar al mínimo.

Y eso por no hablar del SEO, del maldito SEO que tantos disgustos nos ha dado. Tienes que escribir con faltas gramaticales y ortográficas porque la gente busca “dentista sevilla” en el buscador, en vez de “dentista en Sevilla”. Necesitas escribir secciones enteras que carecen de sentido, ya que el mínimo requerido por Google son 300 palabras y sólo tienes cincuenta de base para el trabajo. De nuevo repetirás conceptos e ideas con nuevas expresiones para poder abarcar más palabras clave y más long-tails.

Todo esto tiene su consecuencia, por supuesto. En páginas tan geniales como The Onion, se dedican a coger el chiste del titular y alargarlo hasta la extenuación, repitiéndolo una y otra vez hasta que pierde la gracia. En muchos artículos, tal y como menciona el tuitero OBDriftwood te acabas cansando de leer, a veces abandonando el sitio web para siempre.

¿Y la solución, dónde está?

Como siempre, la solución está en el dinero. En mercados como UpWork —del que hablaré en profundidad otro día, porque da para mucha queja— la exigencia y la recompensa están separadas por un abismo casi insalvable. Y con un abismo de tal magnitud es complicado, cuando no imposible, producir contenido de calidad que sea capaz de enganchar a un lector y convertirlo en seguidor fiel de la página.

La solución no está en recurrir a los denostados titulares clickbait para atraer más visitas, sino en pagar de forma ecuánime por un contenido que sea capaz de fidelizar al que te visite por primera vez.

¿Tienes alguna duda? ¿Alguna aportación? ¿Requieres de mis habilidades como escritora o correctora de textos? ¡Tienes los comentarios abiertos!

Foto de portada de Enric Fradera

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