Hace algún tiempo me enteré de una noticia que me indignó un poquito más de la cuenta. Resulta que una mujer hindú, Daljinder Kaur, decidió someterse a un tratamiento de fertilidad para poder tener su primer bebé. De por sí, esto no resulta indignante. Hasta que sigues leyendo y descubres que la señora Kaur ya no iba a cumplir los 70.

Sí, has leído bien. Una señora de setenta años, sin hijos previos, decidió tener su primer bebé gracias a la fecundación in vitro. Precisamente en un país tan amistoso con los huérfanos como podría ser India, donde hay más de 18 millones de niños de la calle.

¿Qué esperanza tiene la señora Kaur de sobrevivir hasta que su pequeño Armaan llegue a la mayoría de edad y pueda defenderse por sí mismo? ¿Qué esperanza tiene el pequeño Armaan de no quedarse cuidando de sus ancianos padres cuando llegue a la adolescencia? ¿Qué puede llevar a una persona anciana a querer tener un bebé?

El orgullo de ser un condón roto

Según me contó mi señor padre, yo fui el resultado de un condón defectuoso. En otras circunstancias podría haber resultado un insulto devastador, pero yo me lo tomé como un cumplido, una medalla: mis padres no eran egoístas.

Verás, yo fui lo que se llama un nacimiento sorpresa. Mi padre, nacido en el 27, acababa de cumplir los 54 años. Mi madre, que nació en el 39, achacaba su falta de regla a la menopausia y su gordura, bueno, a su exceso de peso. Y de repente, al séptimo mes, se enteraron de que yo venía al mundo. Lo que se llama una sorpresa en ninguna regla.

Por esto es por lo que llevo mi condición de descendencia no deseada con orgullo. Porque mis padres no decidieron tener un hijo a una edad tardía, a sabiendas de las posibles consecuencias para mí como persona.

Porque sí, hubo consecuencias. Perdí a mi padre en 2013 de forma repentina, y a mi madre a principios de 2015. Es algo doloroso, algo muy doloroso que aún llevo por dentro. Siento como si me hubieran quitado a mis viejos antes de tiempo, como si me hubieran arrancado un pedacito de mí con demasiada antelación.

Sólo de pensar en lo que sentirá el pobre Armaan dentro de unos años me destroza el alma.

¿Cuestión de prioridades?

Debo decir, sin embargo, que no toda la culpa es de los padres en sí. Detrás de gran parte del boom actual de los padres tardíos está el puñetero capitalismo salvaje y la jodidísima época en la que estamos viviendo.

Hace cincuenta años lo habitual era casarse pronto y empezar a tener críos. No es que fuera normal, es que las circunstancias lo hacían posible. Era relativamente fácil encontrar un trabajo, medrar en él y mantenerlo para toda la vida. Las viviendas y los vehículos propios estaban al alcance de muchos, aunque hubiera que hacer sacrificios.

¿Ahora? Según datos del Eurostat el paro supera el 20%. Los trabajos sin contrato, con cotización muy inferior a lo trabajado o incluso con sueldos esclavistas están a un nivel nunca visto con anterioridad, y mejor no hablemos de la precariedad laboral. El acceso a la vivienda propia es prácticamente imposible y los alquileres siguen estando fuera del alcance de muchos millennials, obligando a personas de más de treinta años —sin ir más lejos, yo— a compartir piso como si fueran estudiantes. ¡La palabra mileurista ha pasado de ser un término condescendiente a ser un deseo sin cumplir! Con estos datos en la mano, ¿es posible pedirle a los treintañeros que empiecen a tener niños? ¿O es una locura?

Sin embargo, el deseo y la necesidad biológica de dejar descendencia están ahí. Pero ¿cómo te vas a decidir a tener bebés antes de llegar a cierta estabilidad económica? ¿Qué le vas a hacer si no la consigues hasta los 50?

Sin embargo, como persona que se quedó huérfana antes de tiempo, sigo opinando que tener un hijo más allá de cierta edad es algo egoísta. Ya no hablo de posibles complicaciones genéticas o biológicas, hablo de calidad de vida. No sólo le estás robando a tu hijo una vida a tu lado; es posible que le estés condenando a pasar su recién descubierta adultez cuidando de ti cuando quizás debería estar viviendo su propia vida.

Y creéme. Eso jode. Y mucho.

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