Es fin de semana, y por variar decides no salir de casa. Sí, afecta que estás un poco cansada del día y de la semana, pero no tanto como lo vacía que tienes la cartera. Así que decides —sabiendo que te estás perdiendo la fiesta estrella del finde— quedarte en casita con una cena medio decente, una taza de té calentito y el nuevo especial de Louis C.K. en Netflix.

La noche empieza de manera maravillosa, dentro de tus posibilidades. Tranquila, en pijama, arrebujada en el sofá hecha un ovillito, mirando el SimCity de manera ocasional y prestando atención al monólogo que hay en tu televisor.

De repente, tambores en lo profundo. Y no, no es un Balrog, es algo mucho peor. ¡Son las bandas de Semana Santa! Se escuchan tambores, se escuchan cornetas, se escuchan murmullos y hasta el cohete ocasional.

Da igual que haya pasado la medianoche, que estés en una zona residencial, que si te atrevieses a hacer el mismo ruido en una botellona estaría la policía sacándote de ahí sin más. Da igual que sea octubre y no marzo, da lo mismo que sea Semana Santa o no.

Las procesiones siguen ahí. Son como las hojas de los pinos, perennes. O como los Ocho Días de Oro del Corte Inglés, que acaban durando cuatro semanas. O como un puñetero herpes, que aun siendo relativamente inofensivo es muy molesto y nunca, nunca desaparece.

Entiendo que todo el rollo este cofrade es algo muy sevillano, algo muy nuestro. Entiendo que es algo que hay que aguantar porque forma parte de nuestra ciudad y nuestra identidad como tal. Sin embargo, no termino de entender la necesidad de sacar el santo a la calle cada dos días. De hecho, pienso que cuando algo que se supone que es “especial” se repite con tanta y tanta frecuencia, pierde todo lo que podía tener de mágico.

¿Os imagináis un Orgullo LGBT todos los fines de semana? ¿Os imagináis unos Reyes Magos todos los días? ¿Os imagináis un partido de fútbol del año cada sábado? Nos volveríamos locos. Nos aburriríamos en días, nos asquearíamos sin remedio.

Y sin embargo, los cofrades nunca se cansan. No se cansan de cortar calles día sí día también, de acaparar efectivos policiales que se pagan con los impuestos de toda la ciudadanía, de molestar por la mañana muy temprano o por la noche muy tarde. No se cansan de causar el desvío de los autobuses que la gente utiliza para trabajar o estudiar o desplazarse sin más, y no se cansarán nunca.

Sin embargo, no es esto lo que más me jode. Lo que más me jode es que cuando escribo una perorata como esta salen muchos diciéndome que es algo natural en nuestra ciudad y que debería dejar de quejarme tanto. Que soy el Grinch queriendo robar la navidad. Que soy un bicho raro que debería emigrar a Londres. Y me jode porque demuestra que mis paisanos, la gente con la que comparto ciudad de origen, no quieren que esta sea una ciudad diversa. Quieren que a todos nos guste lo mismo. Que nos apasione lo mismo. Y que al que no le guste, que se vaya o calle para siempre. Porque ay, amigues, Sevilla no es ciudad para ateos.

Actualización: A instancias de un querido amigo he decidido leerme el BOE correspondiente y aprenderme la normativa de ruidos de la ciudad. Y me he llevado un sorpresón al ver que las procesiones religiosas están exentas de todo tipo de limitaciones de ruido sea cual sea la hora, sea cual sea el mes. Y no me parece justo, ni ético, ni adecuado —especialmente cuando la misma normativa prohíbe la práctica del dominó en veladores (!).

La foto es de un tal timm0r1z0r con un intento patético de imitar el cartel de No es país para viejos. No me pidáis más, es medianoche y estoy cansada.

11 Comentarios

  1. Aquí una cofrade solidaria con la causa. En la parte de defensa decir que la mayoría que salen fuera de las fechas de semana santa, son las llamadas procesiones de gloria, más antiguas que las de penitencia y con menos bombo, y repartidas por toda la ciudad. Estas no llamaban tanto la atención hace un tiempo pero eran las q más movían antaño. Y ahora el fenómeno fan las encumbra un poco y por eso las vemos. Pero ya digo q no es cosa nueva.
    La otra parte q sí tiene que ver con las de penitencia, llamadas extraordinarias, y cada vez más ordinarias. Para mi gusto se pasan. Y ya llevan mucho así, se me hacen más molestas, porque buscan cualquier excusa para salir. (ya digo que las glorias tienen en sus reglas salidas en octubre, febrero… Cuando sean, pero es 1 salida). A mi se me hace pesado ya, y aunque haya que pagar en algunos casos la presencia policial, xq sólo son gratuitas (o sea, pagadas por todos) aquellas que están delimitadas por las reglas de la misma (su salida de semana santa y quizás un viacrucis o algo así), se sigue saliendo por el aniversario de la coronación, de la hechura, de la bendición, del antojo de la junta del momento… Demasiado, parece el parque temático del folclore religioso. Y me aburre. Y ya digo que soy cofrade, pero se pasa, porque estamos perdiendo el norte. Nos hemos olvidado dl porqué sacamos una Imagen sagrada a la calle. Y me da pereza, de verdad. Y es como dices, sí o sí tenemos q meternos en la casa de aquellos a los q no les guste o les interese. Y encima hay q escuchar a algunos de mi rama decir, para que se va a vivir al centro si no le gusta? Pues señores, yo vivo al otro lado de la frontera, Sevilla este, y hay varios días al año q se cortan las calles xq hay pasitos piratas también. Vamos, que da igual donde vivas, xq los kofrades nos llevamos el parque temático a donde vamos.

  2. En cada ciudad hay fiestas. A tí te ha tocado una ciudad en la que las fiestas son religiosas, y parece ser que te molesta más eso que el ruido. ¿De la botellona y esas cosas tienes otra entrada? Me gustaría leerlo para formar mi opinión. Un saludo.

    • Hola, Juan. Tengo que decir que tu comentario me deja algo perpleja. Vayamos por partes.

      Primero, en otras ciudades —hasta donde llega mi conocimiento— las fiestas están definidas, marcadas y guiadas. No hay mascletás ni fallas porque sí en Valencia, ni reuniones de gaiteros improvisadas en Galicia.

      Segundo, la botellona no es comparable con las “fiestas religiosas” desde el momento en el que las “fiestas religiosas” están exentas de cumplir la normativa de ruido. Si llamo a la policía para que se ocupe de una botellona, la dispersan. De hecho, si le digo a los chavales del litro que se aparten o que hagan menos ruido, suelen ser lo suficientemente educados como para bajar el volumen al menos un ratito. ¿Los religiosos? ¡Si salgo a quejarme, me lapidan!

      Tercero, vivo en lo que tradicionalmente ha sido un barrio tranquilo. El mayor ruido que sufro de forma habitual son mis vecinos mayores y sordos poniendo la tele a volumen alto. Y ya casi no pasa porque los abuelitos están cayendo como moscas por aquello de la avanzada edad.

      Y ya para terminar, la gente ha puesto el grito en el cielo por la dichosa Monkey Week, la semanita de conciertos que hemos vivido en Sevilla. Que si hay mucho ruido, dicen. ¡Y sin embargo, nadie se ha quejado de que en menos de un mes vamos a tener una procesión extraordinaria del Gran Poder de DOS DÍAS DE DURACIÓN! ¡Dos días de duración, desde la tarde hasta la madrugada!

      No es que me moleste más el hecho de la fiesta religiosa que el hecho del ruido, lo que me molesta es que por ser fiesta religiosa están absolutamente exentos de cumplir cualquier normativa municipal referente al ruido.

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