La respiración se me entrecorta, y noto un dolor agudo en el costado izquierdo y una molestia en la rodilla. La garganta me molesta de respirar el no tan frío aire invernal, y el camino se me hace eterno.

Y ni siquiera llevo quince minutos de esta primera sesión del C25K.

Hace menos de un cuarto de hora que salí de mi casa, enfundada en un chándal a todas luces estrecho, con mis destrozadas Nike Flex, con el móvil en un bolsillo, los auriculares en las orejas y mi nuevo Fitbit Charge HR en la muñeca. Hace menos de un cuarto de hora que decidí volver a poner mi vida en marcha, que decidí tomar las riendas de mi cuerpo y acabar con este sobrepeso que me agobia, me causa disforia y me impide llevar la ropa que quiero ponerme. Hace menos de un cuarto de hora, y ya estoy arrepintiéndome.

Comienzo a correr

Empiezo la sesión con un paseo ligero hacia la zona de atletismo de mi barrio. Y por zona de atletismo quiero decir “calle larga sin interrupciones”, porque a fin de cuentas vivo en un barrio obrero. Llego al puesto de salida y pongo en marcha la aplicación del C25K por primera vez. La música se atenúa y una voz femenina me pide que empiece a calentar. Comienzo a caminar a grandes zancadas, con determinación en mi mirada y ansias de enfrentarme al Blerch.

Tres minutos después miro preocupada al móvil, porque el calentamiento se me hace eterno y no sé si la aplicación se ha bloqueado o no. Sin embargo, la aplicación sigue funcionando y de poco después me dice aquello de Start running… for one minute, y empiezo a correr a un ritmo medio decente. Noto que mi rodilla sigue tensa y poco flexible, pero corro. Corro, y por unos segundos, unos gloriosos segundos, me siento libre.

La sensación de libertad dura poco, y se transforma en una sensación de agobio. ¿Durará mucho más esta primera carrera? ¿Tendré que aguantar mucho más? ¿Podré llegar a correr durante un minuto entero o he bajado tanto de forma que ni eso puedo alcanzar? La respuesta llega a mi oído justo a tiempo. Puedo empezar a caminar de nuevo.

Camino a ritmo medio, respirando hondo, recuperando el aliento, reuniendo fuerzas para la próxima carrera. Y la próxima carrera llega súbitamente, sin avisar, sin darme tiempo a descansar. Y vuelvo a correr, con la garganta irritada y el corazón desbocado, poniendo pie tras pie tras pie, con cara de concentración y deseando llevar otra música en el móvil que la que llevo.

Y por más que lo intento, por más esfuerzo que le pongo, no llego a correr este segundo minuto entero. El cuerpo no me da para ello. Este minuto se me hace eterno, y bajo el ritmo a niveles soportables… hasta que tengo que volver a andar.

Desde aquí, menos la pista que es plana, todo va cuesta abajo. Soy consciente de que cada vez podré correr menos, de que el minuto de carrera se convertirá en cuarenta y cinco, treinta, quince segundos, pero lo sigo intentando. Y cuando no corro ando rápido, forzando los músculos a responder.

Y sí, es en este momento cuando me “arrepiento” de haber empezado. Ya no es el hecho de enfrentarme al dolor o al cansancio, es el hecho de enfrentarme al fracaso. Es el sentir que ni siquiera estoy en forma para una primera sesión de un programa llamado, literalmente, “De ser patata de sofá a correr 5km”. Pero el fracaso se supera. La sensación de impotencia se supera. Y sigo caminando. Sin prisa, ahora, pero sin pausa. No sé quién lo dijo, pero la frase la tengo grabada en la mente. “No importa lo lento que vayas, aún vas adelantando al que se quedó e el sofá”.

Treinta minutos después termino esta primera sesión del programa de entrenamiento, sabiendo que no estoy en forma pero con la intención de volver a intentarlo una y otra vez hasta que esta primera jornada de entrenamiento sea fácil. Para luego pasar a la segunda. Para acabar haciéndome, qué se yo, una de las múltiples carreras populares de la ciudad.

Porque quizás no sea la más atlética del mundo, pero no pienso seguir siendo una patata de sofá.

Fotografía de Hernán Piñera

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