George Michael, Carrie Fisher, David Bowie, Leonard Cohen, Prince, Cristina ‘La Veneno’, Lemmy Kilmister, etcétera. Famosos que nos dejan de repente, dejando a su paso constelaciones de píxeles, ríos de tinta y en algunos casos, plantaciones de conspiranoia.

Cuando una de estas celebridades muere, siempre ocurre lo mismo. Las redes sociales se ven inundadas por cientos, miles, decenas de miles de fans llorando la muerte de personas a las que nunca llegaron a conocer cara a cara. Lamentando la pérdida de individuos que, seguramente, ni siquiera eran conscientes de la existencia del plañidero.

A estos fans, les siguen los otros. Sí, los otros. Los que intentan repartir carnés de fan, los que hacen chistes de mal gusto cuando el cadáver aún sigue caliente o incluso los que se ríen de los plañideros por llorar por un desconocido.

Me da vergüenza reconocerlo, pero fui una de estos últimos. Cuando murió Michael Jackson fui la primera en llamar frikis, inadaptados, exagerados y mentirosos a todos los que hicieron manifestaciones públicas y multitudinarias en honor a su figura. Fui la primera en reírme, incrédula, ante tal expresión de pena y tristeza.

Sin embargo, crecí. Crecí y con el tiempo me di cuenta de que casi nadie llora por las estrellas. Vamos a ser sinceros. Aparte de su familia y sus amigos, ¿a alguien le importa la muerte de George Michael? ¿Sabíais acaso si seguía vivo o no? ¿Alguien recuerda cuándo sacó su último disco?

No, no creo que lloremos con tanta facilidad por la muerte de un desconocido. Lloramos por nuestra propia muerte. Lloramos porque cuando dimos nuestro primer beso lo hicimos con una canción de Wham! de fondo. Lloramos porque la primera vez que fuimos a una discoteca bailamos el Thriller de Jacko. Lloramos porque en nuestro primer concierto escuchamos a Dio al frente de Black Sabbath. Lloramos porque fue Cristina la que nos hizo darnos cuenta de que no éramos las únicas personas que no nos sentíamos cómodas con nuestro género asignado. Hacemos luto porque creíamos que Snape duraría para siempre, porque teníamos la certeza de que Mundodisco nunca tendría fin.

Pocos recuerdan al artista. Pocos recuerdan al actor, al músico, al escritor o al pintor. Lo que recordamos es que sus obras marcaron nuestra vida, una y otra vez, dejando huellas indelebles y señalizando principios, mitades y finales.

Y cuando muere el que puso inicio a una etapa de tu vida, un poquito de esa etapa muere con él. Y eso duele. Duele muchísimo. Tanto como para llorar.

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