En días tan fríos como este, lo que apetece es tomar café. Un café humeante, en su punto justo de dulzura y amargor, de olor profundo y taza abrasadora.

Eso sí, fuera de casa. No es el mejor momento de estar en tu salón, acurrucada en tu desvencijado sofá y envuelta entre mantas, con miedo de sacar las manos para no perder los dedos por hipotermia y debatiendo si buscar otra manta más en tu armario o atreverte a encender la calefacción y arriesgarte a no poder pagar la luz a final de mes.

En días como hoy lo ideal es salir a la calle, abrigadita y con las manos enguantadas, en busca de un local. Una cafetería de grandes ventanales, café barato, sillas decentes y calefacción encendida sin tapujos ni miserias. Una cafetería donde en vez de fútbol haya música de fondo, donde suene un parloteo incesante, donde puedas refugiarte de la ola de frío que, extrañamente, nos ha venido en invierno.

Imagínalo. Una silla cualquiera, justo en el rincón donde el aire acondicionado escupe su chorro de aire caliente. Un café —o una taza de chocolate, o un té, lo que te venga en gana— en la mesa, un libro en la mano y la calma que te da el estar arrullada por la charla de otras personas viviendo su vida. La calma de la que está sola, pero no solitaria.

¿No te parece un plan maravilloso? ¿Una forma genial de pasar la tarde, resguardada del frío y la soledad de tu casa por el simple precio de un café? ¡Un café, que a estas alturas es más económico que encender el calefactor!

Y aquí estoy, mirando por el ventanal de la cafetería, cambiando el libro por el portátil para poder escribir esto. Pensando en que después de todo tengo suerte, porque puedo permitirme un café caliente dentro de esta cafetería. Pensando en que soy afortunada por tener un trabajo fuera de casa, en una oficina donde el frío o el calor son la última de las preocupaciones.

Y, cómo no, pensando en qué libro voy a empezar en cuanto acabe de escribir.

Fotografía propia en Flickr

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