Hablemos de pollas

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Hoy vamos a hablar de pollas. Una polla es una amalgama de carne y tejidos cavernosos, de tamaño y grosor variable, que cuelga de la zona de la entrepierna de algunas personas. Y ojo, digo personas y no hombres, porque hay mujeres que la tienen y hombres que no.

Por si nunca has visto una —algo cada vez más raro, especialmente gracias a los que mandan fotos sin que nadie las pida— aquí os mostramos una polla fláccida muy bonita cortesía de Fer García, un fotógrafo sevillano al que aprecio.

polla¿Veis qué inocente? No es agresiva, es tierna y adorable. Hasta tiene cierto encanto. Está ahí, sin amenazar ni hacer daño a nadie con su existencia.

Sin embargo, quizás te preguntes qué tienen de especial las pollas para que yo les dedique un artículo entero, y yo te respondería que por sí solas no tienen nada.

Nada de nada.

Por mucho que oigas chistes sobre adolescentes con dos cabezas (una para pensar y la otra para peinarse) una polla en sí no tiene neuronas. Una polla no tiene poder de control, carece de capacidad de alterar y anular el cerebro o llevar la voz cantante en un cuerpo. La polla es sólo una mínima parte de la persona que la lleva, y quien te diga lo contrario miente.

A lo mejor esto te parece obvio, pero a tenor de las proclamas como “polla violadora, a la licuadora” diría yo que no lo es tanto.

Una polla, sin el apoyo de unas piernas, unos brazos, un tronco y un cerebro, en definitiva una persona, que decide que su placer es más importante que tu libertad, no puede violarte. ¡De hecho, no es necesario siquiera tener una o usarla para violar a alguien!

Una polla no viola, igual que una mano no decide tocar tu culo. Una polla no va a violarte, igual que un cuchillo no te va a apuñalar. No culpemos a un trozo de carne más o menos bonito y más o menos simpático que sólo hace lo que el cerebro le manda. Porque aun cuando la polla se pone en pie de guerra sin aviso previo, es el cerebro el que da permiso o no para atacar.

Firmado, una mujer con polla.

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